Al finalizar la función, el payaso
encontró a su hijo en la entrada de la carpa. El payaso lo tomó en brazos.
- ¿Te ha gustado el espectáculo, hijo
mío?
El payaso sintió un escalofrío cuando
escuchó la respuesta del pequeño:
- Me ha gustado mucho, papá. Cuando sea
mayor quiero ser como tú: asesino de tristezas.
********************
Uno de los soldados romanos que
participó en la ejecución de Jesucristo y de los dos ladrones, solía explicar
que mientras ascendían por el sendero que lleva a la cima del Gólgota comprendió,
de pronto, que el Nazareno era inocente.
¿Qué hacer?, se preguntó. Y al instante
halló la solución a su conflicto, pues consideró que el hombre que obra en
contra de su conciencia, sometido por la obediencia a un superior injusto, es también
una figura arquetípica en el universo, y tan lícita y necesaria como la del
santo varón que iba a ser sacrificado.
*********************
Ruben Zukerman, astrónomo de gran
prestigio, se hallaba en su gabinete, estudiando el firmamento a través del
telescopio, cuando descubrió un nuevo astro. Entendió que aquella estrella
flotaba en los confines del universo y era, probablemente, el objeto más lejano
que cualquier ojo humano hubiera podido contemplar; decidió, por tanto,
asignarle un nombre apropiado. Justo en ese instante, la estridente voz de su
mujer llegó a través del hueco de la escalera:
- ¡Rubén, maldita sea, si no bajas
inmediatamente a cenar, le echaré tu cena a los perros…!
El astrónomo consideró que la nueva
estrella se denominara Eliana, pues así se llamaba su esposa, y bajó a cenar,
sonriente, reconfortado por la idea de que al menos una parte de aquel ser
abominable se hallaba a una distancia considerable del planeta Tierra.
********************
Dos hombres se encontraron en el sendero
que lleva a la eternidad. Uno de ellos había sido malvado y descreído de todo
lo sagrado, pero tras una larga vida de vicio, se mostró arrepentido ante el
clérigo y fue absuelto de todos sus pecados; se dirigía al paraíso de los
justos con el salvoconducto apropiado. El otro había practicado la castidad y
el ascetismo durante muchos años pero en un último instante de debilidad, el
dolor físico le obligó a maldecir al Santísimo y se condenó; su credencial le
asignaba al infierno. Ambos se relataron sus respectivas historias.
A medio camino, el condenado exclamó:
"Mirad, allá tras esas cumbres se ven los destellos de la Gloria
eterna", y el otro miró distraídamente en aquella dirección; momento que
aprovechó el asceta para intercambiar los documentos que cada cual llevaba en
los bolsillos.
Llegados a las puertas de la eternidad,
cada cual fue destinado al lugar que constaba en los papeles. Y el asceta
comprendió, mientras cruzaba el umbral del Cielo, que las obras de los hombres
también ayudan a que se cumpla la justicia de Dios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario