La mente de Dios es
semejante a la superficie de un lago en invierno: nítida e inmóvil; metáfora de
místicos que pudiera aplicarse - sin mucha fortuna - a la atmósfera de aquel
momento. Si acaso, tan solo la sutil respiración de los presentes delataba la
existencia de vida en el recinto. A veces, un seco carraspeo, un gemido
apagado, rasgaban el silencio.
La expectativa hueca de
aquellas miradas fijas en un horizonte de metal cromado delataba la ausencia de
la noción de tiempo; una espera vacía, nebulosa, carente de objetivo, o tal vez
una suma de objetivos dispersos que se resuelve en nada.
A pesar de ocuparlo seres
vivos, el lugar no era amable ni humano, pues la tibieza de los cuerpos
cercanos era solo un concepto intuido que flotaba en el aire; un aire sin olor
ni carisma, tan neutro como el resto de aquel universo neutro.
Más allá del mutismo
imperante, el murmullo de una remota maquinaria se derramaba sin cesar sobre
aquellas figuras estáticas; una nota profunda, pertinaz, que perforaba
sutilmente las paredes del tiempo.
De pronto, el inesperado
ataque de tos de un tripulante detuvo el suave devenir de la rutina. Le sucedió
un instante de alientos contenidos y miradas de reojo. Alguno sintió el roce involuntario de quien estaba a su lado. Se produjo, en definitiva, un ligero conato de inquietud. Al
poco, el pesado engranaje del vacío reinició el movimiento.
De nuevo, los hombros
caídos, la aséptica y absurda contemplación del aluminio, la mente absorta en
objetos sin vida, y el rumor lejano e insistente, devorando ese espacio
diminuto.
A los pocos segundos, el
viaje ascendente finalizó y la puerta del ascensor se abrió.
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