Yo tenía diez años. Nos mudábamos a otra ciudad y mi abuela trasteaba, con
la cabeza hundida en los armarios, separando los objetos útiles de aquellos que
consideraba indignos de sobrevivir al traslado.
Recuerdo su figura encorvada, su furtivo ajetreo, completamente absorta en
una criba febril que sentenciaba libros, revistas, carpetas del colegio,
frascos vacíos, pañuelos amarillentos, bufandas apolilladas, y otros tantos
fragmentos del pasado, mientras yo andaba curioseando entre cajas de cartón y
muebles desmontados, hipnotizado por aquel desorden doméstico, tan desconocido
para mí.
"Lleva eso a la basura", sin apartar la vista del fondo del
armario, mi abuela señalaba un montículo de papelotes que se alzaba en un
rincón. Me acerqué, estimulado por el goce infantil de sentirme útil, y
abarqué, como pude, los despojos.
Camino de la cocina, abrazado a aquel revoltijo, descubrí ante mis ojos una
estampa en colores, cargada con la textura onírica de los cromos antiguos: emergiendo
de un turbio pantano, un diplodocus alzaba el cuello hacia una gigantesca bóveda
de vegetación tropical mientras los reptiles voladores surcaban el firmamento
violáceo en la lejanía.
El asombro me paralizó; solté la carga y me lancé sobre el desbarajuste
derramado en el piso. De entre aquellos restos - semanarios, facturas,
panfletos publicitarios, cuadernos de cálculo - aparté, borracho de incredulidad,
un álbum de cromos rasgado en seis pedazos.
Durante casi un año - que en un niño es un siglo - había ido atesorando en
aquel álbum con tapas de cartón, una espléndida colección de láminas,
complementadas con breves textos explicativos. En total, ciento cincuenta
rectángulos de papel que ilustraban el origen del cosmos, la generación de la
vida sobre la Tierra, la irrupción y caída de los dinosaurios, la aparición del
hombre. Tenaz como nunca lo había sido, y acaso como nunca lo sería, fui
comprando los cromos en el kiosco y cambiando los repetidos en el patio del
cole hasta lograr la colección completa; después, solemnemente, oculté mi
tesoro. En adelante, acudía con
frecuencia al escondrijo para abismarme durante horas en aquellas ventanas a lo
extraordinario.
Por eso aquella tarde, contemplando el universo despedazado que sembraba el
suelo del pasillo, comprendí que en ese momento se iniciaba el viaje hacia un
horizonte oscuro e indefinido. Desde entonces, la visión primordial del álbum
roto, ha seguido vigente, flotando como un palio sobre el curso del tiempo,
arañándome el alma en momentos precisos de mi vida. La traición, la amargura,
la muerte del amigo, las terribles heridas del amor, las mil caras, en fin, de
la desdicha, que han surgido a lo largo del camino, se transmutan en la imagen
de un niño llorando frente un montón de cromos desgarrados, infinitamente
desconsolado ante lo irreparable.
Los años, curiosamente, han avivado el recuerdo de aquellas soberbias páginas
que alumbraron el estrecho sendero de mi infancia. En un sueño pueril que a veces
me concedo, recupero indemne el álbum legendario y me fundo con él en un
paisaje arcaico, remoto, ubicado en los inicios de la Creación.
Mi
abuela, por cierto, jamás se disculpó.
No hay comentarios:
Publicar un comentario