Si, señoría, lo
que usted diga. Se lo cuento en dos patadas, pero el de los manguitos habrá de
espabilar si quiere pillarlo todo por escrito porque yo hablo deprisa y sin
mucho refinamiento.
Serian sobre las tres de la tarde cuando llegué a
Greatfalls. Salvo algún animal amarrado, afuera no se veía un alma; solo viento y polvo atravesando la calle
central. Bonito nombre - Greatfalls - para un villorrio en la pradera achicharrada por el sol, sin más
agua que la de un viejo pozo medio derruido. Conté, en total, catorce casas,
incluyendo dos graneros y un almacén. El saloon – por llamarlo de alguna manera
- es el segundo edificio, si uno llega desde el sur. Allí até a mi yegua junto
a un jamelgo muy flaco con montura mejicana que parecía hambriento y me
disgusté mucho al descubrir que la pobre bestia tenía cicatrices de espuela en
los flancos.
Sobre la puerta de entrada colgaba el cartel: “No negros,
no indios”. Yo no sé leer ni escribir, señoría, pero ese letrero lo veo a
menudo en los salones y almacenes de Texas y uno acaba aprendiéndose las
letras.
Adentro era como boca de lobo y apestaba - con su
permiso, señoría - a orines y a estiércol. Un pasillo estrecho y resbaladizo
desembocaba en una estancia sin ventilación donde apenas cabían dos mesas; las
paredes, negras por el humo y la mugre, exhibían, como única decoración, el
retrato del general Lee suspendido de un
clavo tras el mostrador y al fondo de la pieza, en la oscuridad, se adivinaban unos peldaños que llevaban al
piso de arriba. Yo, que en mis años como alguacil he pisado las peores
cantinas, no recuerdo haber visto jamás un antro semejante a aquel, y eso que…
Si señoría, lo siento, no me extiendo más y voy al grano.
El caso es que de algún rincón oscuro salió el dueño de
aquella covacha: un tipo gordo, con un delantal sucio, que portaba un rifle a
modo de bastón. Era evidente que estaba como una cuba. Ni se dignó saludar; me miró con cara de sapo
y me dijo: "Quítate el sombrero" y señaló con la cabeza el retrato
del general. "Descúbrete, por respeto" insistió. Yo - con su permiso
señoría - envié a la mierda a aquel chiflado y me identifiqué como agente
federal. El individuo miró la estrella de cinco puntas como quien mira una
patata, se metió tras el mostrador y se puso a fregar el mármol con un trapo
pringoso.
Entonces, señoría, yo me puse un poco nervioso porque no
me gusta que se me trate mal, sobre todo cuando vengo cansado y hambriento y
con mala leche acumulada, señoría.
Agarré al gordo por la oreja, como si fuera un crío, y le metí el cañón
del Colt en la boca pero - se lo juro señoría - el hombre estaba tan borracho
que ni se enteró. "Por respeto al general…." balbuceaba todavía con
la boca llena. Entonces me acerqué a su cara, le susurré: "¿dónde está el
mejicano?". y eché atrás el percutor con el pulgar. El ruidito debió
despertarle porque de pronto me miró fijamente y, sin soltar palabra, dirigió
los ojos hacia el techo. Le dije: “arriba, con una puta, ¿no es eso?”, y el
gordo asintió.
Ahora, señoría, viene la parte más difícil de la historia
porque puede parecer que me la invento pero la gente que me conoce sabe que yo
no miento nunca, señoría, y menos con las cosas de la ley, que es lo que me da
de comer. Además, cuando juré mi cargo con la mano en la Biblia…
Si, si, señoría, a eso voy, usted perdone.
Pues subí despacito hasta el piso de arriba, que, por
cierto, estaba más oscuro que el de abajo y olía peor todavía. En el rellano
había tres puertas y el mejicano se corría la juerga tras una de ellas. Pegué
la oreja, empuñando el revólver, y pude oír como el mejicano… bueno, usted ya
me entiende, señoría….Aunque era un tipo más bien discreto en la faena, porque
apenas se escuchaba más que el ñigo-ñigo de la cama. Y eso que Jacinto, el
mejicano, era un cabrón de tomo y lomo; me costó seis meses dar con él, y en
ese intervalo ya se había llevado por delante a dos alguaciles y a un predicador. El caso es que el sujeto era
silencioso y en cambio, algunos buenos ciudadanos parecen gorilas furiosos cuando
se ponen a cabalgar…
Perdone usted, señoría… era solo un comentario… Si, ya
acabo.
Pues resultó que en el justo momento en que iba a entrar
para detener a Jacinto, se me encendió una lumbre en la sesera. ¿Para qué
recortarle el disfrute al mejicano – pensé – si a lo mejor es el último
encuentro que tenga con un hembra, antes de que le cuelguen? Entonces apoyé la
espalda en la puerta y me puse a liar un cigarrillo mientras esperaba a que
Jacinto acabara la tarea.
Su señoría pensará, tal vez, que en ese momento me
comporté como un flojo, pero aquí, el que le habla, estuvo en Alaska cuando la
locura del oro, ganó dos medallas al valor en la guerra civil, fue cazador de
chinos fugitivos en el ferrocarril, prisionero de los cheyennes y en los
últimos doce años un buen servidor de la ley. Jacinto iba a ser el décimo
malhechor que entregara a la justicia.
No sé…puede ser que esos años de penalidades me hayan
enseñado que todo hombre – aunque sea una carroña como esa - merece una pizca
de felicidad. Yo creo, señoría, que no fue por blandura que me permití el
gesto, sino por respeto hacia ese último instante de alegría para el mejicano. Además,
a mí no me venía de cinco minutos.
Después pasó lo que ya saben: al mejicano le dio un
síncope mientras montaba a la furcia; ésta se puso a chillar como un gorrino y
cuando entré en la habitación le
encontré sobre la cama, tumbado boca arriba, con los ojos muy abiertos y
el arma todavía bien levantada - si su señoría me permite la expresión - pero
más seco que un bacalao.
Lo primero que pensé fue que el cabrón se me había
escapado, que se había colado por el único lugar a través del cual yo no podía,
de momento, perseguirle. Pero no me
arrepentí; y aunque lo que hice vaya contra el reglamento, volvería a hacerlo -
con todos mis respetos, señoría - si se presentara la ocasión.
Y esa es toda la historia,
Solo añadir -con su permiso, señoría – que si se resuelve
llevarme a juicio por esta falta, sería gracioso que me juzgara el mismo juez
que hubiera debido sentenciar a Jacinto por todos sus crímenes. En ese caso, me
quedaría el consuelo de saber que otro tribunal, más alto, ya habrá sentenciado
al mejicano para toda la eternidad.
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