martes, 22 de julio de 2014

DECLARACIÓN ANTE EL JUEZ DE INSTRUCCIÓN (Un western crepuscular)



Si, señoría,  lo que usted diga. Se lo cuento en dos patadas, pero el de los manguitos habrá de espabilar si quiere pillarlo todo por escrito porque yo hablo deprisa y sin mucho refinamiento.
Serian sobre las tres de la tarde cuando llegué a Greatfalls. Salvo algún animal amarrado, afuera no se veía  un alma; solo viento y polvo atravesando la calle central.  Bonito nombre  - Greatfalls - para un villorrio  en la pradera achicharrada por el sol, sin más agua que la de un viejo pozo medio derruido. Conté, en total, catorce casas, incluyendo dos graneros y un almacén. El saloon – por llamarlo de alguna manera - es el segundo edificio, si uno llega desde el sur. Allí até a mi yegua junto a un jamelgo muy flaco con montura mejicana que parecía hambriento y me disgusté mucho al descubrir que la pobre bestia tenía cicatrices de espuela en los flancos.
Sobre la puerta de entrada colgaba el cartel: “No negros, no indios”. Yo no sé leer ni escribir, señoría, pero ese letrero lo veo a menudo en los salones y almacenes de Texas y uno acaba aprendiéndose las letras.
Adentro era como boca de lobo y apestaba - con su permiso, señoría - a orines y a estiércol. Un pasillo estrecho y resbaladizo desembocaba en una estancia sin ventilación donde apenas cabían dos mesas; las paredes, negras por el humo y la mugre, exhibían, como única decoración, el retrato  del general Lee suspendido de un clavo tras el mostrador y al fondo de la pieza, en la oscuridad,  se adivinaban unos peldaños que llevaban al piso de arriba. Yo, que en mis años como alguacil he pisado las peores cantinas, no recuerdo haber visto jamás un antro semejante a aquel, y eso que…
Si señoría, lo siento, no me extiendo más y voy al grano.
El caso es que de algún rincón oscuro salió el dueño de aquella covacha: un tipo gordo, con un delantal sucio, que portaba un rifle a modo de bastón. Era evidente que estaba como una cuba.  Ni se dignó saludar; me miró con cara de sapo y me dijo: "Quítate el sombrero" y señaló con la cabeza el retrato del general. "Descúbrete, por respeto" insistió. Yo - con su permiso señoría - envié a la mierda a aquel chiflado y me identifiqué como agente federal. El individuo miró la estrella de cinco puntas como quien mira una patata, se metió tras el mostrador y se puso a fregar el mármol con un trapo pringoso.
Entonces, señoría, yo me puse un poco nervioso porque no me gusta que se me trate mal, sobre todo cuando vengo cansado y hambriento y con mala leche acumulada, señoría.  Agarré al gordo por la oreja, como si fuera un crío, y le metí el cañón del Colt en la boca pero - se lo juro señoría - el hombre estaba tan borracho que ni se enteró. "Por respeto al general…." balbuceaba todavía con la boca llena. Entonces me acerqué a su cara, le susurré: "¿dónde está el mejicano?". y eché atrás el percutor con el pulgar. El ruidito debió despertarle porque de pronto me miró fijamente y, sin soltar palabra, dirigió los ojos hacia el techo. Le dije: “arriba, con una puta, ¿no es eso?”, y el gordo asintió.
Ahora, señoría, viene la parte más difícil de la historia porque puede parecer que me la invento pero la gente que me conoce sabe que yo no miento nunca, señoría, y menos con las cosas de la ley, que es lo que me da de comer. Además, cuando juré mi cargo con la mano en la Biblia…
Si, si, señoría, a eso voy, usted perdone.
Pues subí despacito hasta el piso de arriba, que, por cierto, estaba más oscuro que el de abajo y olía peor todavía. En el rellano había tres puertas y el mejicano se corría la juerga tras una de ellas. Pegué la oreja, empuñando el revólver, y pude oír como el mejicano… bueno, usted ya me entiende, señoría….Aunque era un tipo más bien discreto en la faena, porque apenas se escuchaba más que el ñigo-ñigo de la cama. Y eso que Jacinto, el mejicano, era un cabrón de tomo y lomo; me costó seis meses dar con él, y en ese intervalo ya se había llevado por delante a dos alguaciles y  a un predicador. El caso es que el sujeto era silencioso y en cambio, algunos buenos ciudadanos parecen gorilas furiosos cuando se ponen a cabalgar…
Perdone usted, señoría… era solo un comentario… Si, ya acabo.
Pues resultó que en el justo momento en que iba a entrar para detener a Jacinto, se me encendió una lumbre en la sesera. ¿Para qué recortarle el disfrute al mejicano – pensé – si a lo mejor es el último encuentro que tenga con un hembra, antes de que le cuelguen? Entonces apoyé la espalda en la puerta y me puse a liar un cigarrillo mientras esperaba a que Jacinto acabara la tarea.
Su señoría pensará, tal vez, que en ese momento me comporté como un flojo, pero aquí, el que le habla, estuvo en Alaska cuando la locura del oro, ganó dos medallas al valor en la guerra civil, fue cazador de chinos fugitivos en el ferrocarril, prisionero de los cheyennes y en los últimos doce años un buen servidor de la ley. Jacinto iba a ser el décimo malhechor que entregara a la justicia.
No sé…puede ser que esos años de penalidades me hayan enseñado que todo hombre – aunque sea una carroña como esa - merece una pizca de felicidad. Yo creo, señoría, que no fue por blandura que me permití el gesto, sino por respeto hacia ese último instante de alegría para el mejicano. Además, a mí no me venía de cinco minutos.
Después pasó lo que ya saben: al mejicano le dio un síncope mientras montaba a la furcia; ésta se puso a chillar como un gorrino y cuando entré en la habitación le  encontré sobre la cama, tumbado boca arriba, con los ojos muy abiertos y el arma todavía bien levantada - si su señoría me permite la expresión - pero más seco que un bacalao.
Lo primero que pensé fue que el cabrón se me había escapado, que se había colado por el único lugar a través del cual yo no podía, de momento, perseguirle.  Pero no me arrepentí; y aunque lo que hice vaya contra el reglamento, volvería a hacerlo - con todos mis respetos, señoría - si se presentara la ocasión.
Y esa es toda la historia,

Solo añadir -con su permiso, señoría – que si se resuelve llevarme a juicio por esta falta, sería gracioso que me juzgara el mismo juez que hubiera debido sentenciar a Jacinto por todos sus crímenes. En ese caso, me quedaría el consuelo de saber que otro tribunal, más alto, ya habrá sentenciado al mejicano para toda la eternidad.

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