F……, 17 de agosto de 1942
Querido
Jarek,
Imagino tu
cara de sorpresa cuando recibas esta carta, - Dios quiera que así sea -
preguntándote cómo he podido dar contigo. No es ningún secreto: el otro día, el
bueno de Piotr, el ganadero, nos trajo noticias de Varsovia; después me llevó
aparte y me dijo que te había encontrado y que estabas bien. No sabes cuánto
llegué a alegrarme. Aquí en la aldea, los alemanes nos dejan en paz mientras no
demos problemas, pero sé que en la capital las cosas son diferentes. Yo pido a
nuestro Señor que no te metas en muchos líos, Jarek, porque tu carácter es
exaltado y toda prudencia es poca en los tiempos que nos ha tocado vivir.
Hace unos
días, Jania, la esposa del intendente y Ludka, la viuda de Konstantin, vinieron
a visitarme, preocupadas por mi suerte. Les dije que entre tú y yo no había
vinculación alguna desde que pasó lo que pasó, y que para mí era un alivio tu
viaje repentino ya que la distancia acostumbra a poner las cosas en su sitio.
Las dos viejas asintieron y se alejaron cuchicheando entre ellas, convencidas
de que yo ya estaba curada del disgusto y que tú ya no existías para mí.
Pero
la verdad es otra; la verdad es que yo te sigo queriendo, Jarek, a pesar de
todo. Y te perdono, te perdono y te quiero.
Todos desearíamos
tachar algunos pedazos de nuestro pasado; esos momentos espantosos que nos
persiguen y nos atormentan. Yo daría media vida por borrar de mi memoria aquel
instante en que llegué a tu casa y te insulté y te escupí delante de toda tu
familia. Recuerdo que permaneciste inmóvil, con la cabeza gacha, aceptando la
culpa y el castigo. Pobre Jarek. Ahora te pido perdón por aquello y te suplico
que comprendas; no era yo, sino un corazón herido y desesperado el que actuaba
así. Después, cuando te fuiste, anduve durante semanas como un alma en pena,
paralizada por la rabia y la tristeza. De noche no dormía; repetía tu nombre
como una letanía y lloraba, lloraba, lloraba.
Un día se me
acabaron las lágrimas y mis padres, aliviados, me vieron retomar las faenas de
la casa, como si nada hubiera ocurrido. Yo creo que el dolor es una fiera
salvaje; a veces nos devora y otras veces se deja domesticar y vive en el
interior de nosotros para siempre.
Y ahora,
Jarek, debo explicarte algo.
Tres meses
después de que te fueras, el domingo de Ramos por la mañana, los camiones
despertaron a la aldea entera. Al poco rato, el barrio judío se llenó de
gritos, golpeteo de puertas y trajín de soldados, arriba y abajo. Nadie
entendía lo que estaba pasando hasta que, a eso del mediodía, la calle mayor
fue ocupada por una muchedumbre que acarreaba bultos y maletas, camino del
apeadero. Ninguno de nosotros se atrevió a salir de casa, pero desde las
ventanas, ocultos tras los visillos, contemplábamos aquella procesión
flanqueada por soldados. La mirada aterrada de los más pequeños y el paso
apurado de los ancianos me encogieron el alma.
Cuando las
calles quedaron desiertas, algunos vecinos salimos corriendo para ver como
acababa aquello. En el apeadero, junto a un convoy de mercancías, un oficial
con uniforme negro gritaba órdenes en polaco a través de un altavoz para que la
gente fuera ocupando los vagones. Imagínate, Jarek, a todos los judíos de
la aldea, - debía de haber más de trescientos- agrupados en el terraplén
que hay frente al andén y apretujándose como arenques para subir al tren. Todos
perplejos, todos jadeando de puro miedo.
Fue entonces
cuando Sofia, la modista, que me había acompañado hasta allí, me tomó del brazo
y me susurró al oído: ahí la tienes. Pero yo ya la había descubierto entre la
multitud; hubiera reconocido aquel rostro aunque se ocultara entre todas las
ánimas del infierno. Caminaba junto a sus padres, con una maleta en cada mano,
mirando al frente, sin ver; consciente de que jamás iba a regresar de aquel
viaje. Me pareció una princesa en marcha hacia el destierro, y entendí,
Jarek, que te enamoraras de aquella mujer, porque era la criatura más hermosa
de entre todas las hermosas judías de nuestra aldea, más hermosa que cualquiera
de nuestras jóvenes polacas, más hermosa que yo.
Nunca la vi
tan bella como en aquella tarde, cuando la miel de su cabello resplandecía
entre la masa oscura de hombres y mujeres desesperados. Y aunque siempre la
había odiado por el lugar que ocupaba en tu corazón y por su belleza, no la
odié en ese momento. En cambio, pensé en ti, Jarek, comprendí que lanzaras por
la borda nuestros años de noviazgo, nuestros proyectos de boda, la ilusión de
nuestras familias, nuestro futuro, para entregarte a los brazos de aquella
mujer espléndida. Cuando se encaramó al vagón y se dejó engullir por las
tinieblas, sentí lástima por ti, Jarek.
Mientras el
tren se alejaba, Sofía reanudó el cuchicheo (porque ni siquiera en momentos
como aquel puede cierta gente resistirse a murmurar sobre los amoríos entre un
polaco y una judía): que si dicen que está embarazada, que si parece que su
padre la quería rapar al cero pero la madre se opuso, que si el rabino la
reprobó públicamente… Yo no quise escuchar más y me fui a casa.
Al
anochecer, el suceso fue celebrado por algunos aldeanos. Lo sé porque desde mi
cama pude oír proclamas vergonzosas en boca de borrachos y música de baile. Yo
pasé la noche en vela, pensando en ti.
Han
transcurrido cuatro meses y los judíos no han vuelto; yo no creo que regresen
jamás a la aldea. Hay rumores sobre su suerte que me ponen los pelos de punta
pero yo no quiero saber nada; bastante padecemos ya con esta guerra como para
añadir sufrimiento con chismes y figuraciones.
Ahora el
Ayuntamiento tiene intenciones de subastar las mejores viviendas del barrio
judío y mi padre se ha interesado por el viejo caserón del herrero Leitner;
dice que le gustaría verme viviendo allí, cuando me case.
Pero yo no
me casaré nunca, Jarek, porque mi corazón está contigo en Varsovia o donde
quiera que tú estés. Tal vez algún día, cuando acabe esta guerra, podamos
recomponer nuestras vidas de nuevo, sin obstáculos entre nosotros, libres para
realizar todas nuestras ilusiones.
Mientras
tanto, Jarek, yo seguiré esperándote.
Que Dios te
bendiga y te proteja de todo mal.
Tuya para
siempre.
Klaudia.
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