lunes, 21 de julio de 2014

LOS AFORISMOS DE JONÁS

El barbero de mi barrio se llamaba Jonás.  Fui, de adolescente, asiduo de su tijera, a pesar de que siempre me cortase más de la cuenta y con tan poca gracia,  que al salir de su local me apresuraba a encerrarme en mi habitación, donde permanecía oculto hasta el momento de armarme de valor para enfrentarme al mundo. Otras motivos – y no sólo el adecentamiento de mi pelambre – me arrastraban hasta la peluquería de Jonás.  Y no era yo el único en sentir esa llamada.
En el barrio le apodaban el “inspirao”,  pues era frecuente que interrumpiese su tarea para proferir, inmóvil y con tijera en mano, sentencias insólitas de creación propia. Muchos varones de edad diversa que acudían al local como supuestos clientes, lo hacían, en realidad, guiados por una inconfesable fascinación hacia las máximas que surgían espontáneamente de la boca del barbero. En esas tardes muertas del verano,  he visto a menudo la pequeña barbería abarrotada de espectadores que simulaban aguardar turno y que acababan abandonando el local, al final de la jornada, con cabello y barba intactos.
Jonás no era, por lo demás, muy diferente de cualquier otro barbero; poseía, como todos los de su gremio, la capacidad de intuir si el cliente quería o no conversación. Cuando se daba el caso, su lengua se acomodaba a  cualquier tema, aunque la experiencia le aconsejaba evitar la política y la religión. Otras veces se limitaba a escuchar con rostro impasible, asintiendo con monosílabos.  Si el parroquiano lo requería, callaba Jonás durante toda la faena.
Los arrebatos del barbero se daban inopinadamente, sin mediar indicio alguno que anunciara el ritual que se desarrollaba a continuación: Jonás, con la mirada perdida en un horizonte remoto, interrumpía súbitamente su labor y congelaba el gesto, los hombres enmudecían y contenían el aliento, la barbería se hinchaba de expectación, el tiempo se detenía.  Y entonces Jonás hablaba.  Al concluir su alocución, los presentes permanecían todavía un instante bajo el hechizo, cercados por un silencio que parecía sagrado. Todo ocurría en menos de un minuto, después se reanudaba el bullicio, el humo y el sonido de las tijeras, como si nada especial hubiera sucedido.
Aquellos episodios acaecían con una frecuencia irregular; podían repetirse varias veces en un solo día o cesar durante una semana. Los parroquianos, extrañamente pacientes, acudían regularmente a la espera de su alimento; ignoro si entendían algo de aquellas reflexiones, pero lo cierto es que bebían las palabras como si fuera ambrosía.
 La voz de aquel barbero - hombre obeso y amanerado- era aflautada, casi femenina. Mi memoria fantasea con la imagen de un eunuco aleccionando con afectación a un grupo de cortesanos. A continuación, transcribo algunas muestras de aquel singular repertorio que fui atesorando en secreto:
"La esperanza nos quita la esperanza de que no hay esperanza".
"El día nos contempla con un solo ojo. La noche, desde la tiniebla, con infinitos".
"El vegetal se alza hacia el sol y se hunde hacia el centro de la tierra y, sin embargo, no se desgarra"
"No encontrarás en los libros más que papel y tinta si no lees con tiento"
"Mientras duermes, el odio y el amor se reúnen cada noche y juegan a las cartas"
"Los elogios que recibas son un espejismo que te desvía del camino hacia el verdadero oasis"
"Si buscas en los ojos de tu amante el amor eterno no verás otra cosa que no sea su búsqueda de lo mismo en los tuyos”.
"La voz de la experiencia es la voz de uno mismo, enronquecida por el dolor y el miedo"
"El joven ignora la vejez que desconoce. El viejo quisiera ignorar la juventud que ha conocido"
"Las tormentas del alma no traen lluvia sino sequedad y fuego”.
Jonás murió un domingo por la mañana, poco después de sufrir un infarto mientras lanzaba las migas de su bocadillo a las palomas del parque. Tras su pérdida, el barrio pareció perder su magia y comenzó a transformarse. Hoy en día, la vieja barbería es un comercio regentado por una mujer asiática que sonríe sin cesar.

Recuerdo que a los pocos días de morir el barbero, me aventuré a entrar en el hospital, agobiado por el deseo de rescatar una sentencia póstuma, y pregunté por el doctor que le había atendido en el último instante. "Ah si, el señor gordito del domingo pasado. Y dices que era tu barbero… ¿Sus últimas palabras? Pues la verdad, no lo recuerdo…yo llevaba muchas horas de guardia y…Espera, si, cuando has dicho que era barbero me he acordado. Fue justo antes de que perdiera la conciencia. Se enderezó en la camilla, me miró a la cara y preguntó: ¿afeitar o cortar?" 


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