El barbero de mi barrio
se llamaba Jonás. Fui, de adolescente, asiduo de su tijera, a pesar de
que siempre me cortase más de la cuenta y con tan poca gracia, que al
salir de su local me apresuraba a encerrarme en mi habitación, donde permanecía
oculto hasta el momento de armarme de valor para enfrentarme al mundo. Otras
motivos – y no sólo el adecentamiento de mi pelambre – me arrastraban hasta la
peluquería de Jonás. Y no era yo el único en sentir esa llamada.
En el barrio le apodaban
el “inspirao”, pues era frecuente que interrumpiese su tarea para
proferir, inmóvil y con tijera en mano, sentencias insólitas de creación
propia. Muchos varones de edad diversa que acudían al local como supuestos
clientes, lo hacían, en realidad, guiados por una inconfesable fascinación
hacia las máximas que surgían espontáneamente de la boca del barbero. En esas
tardes muertas del verano, he visto a menudo la pequeña barbería
abarrotada de espectadores que simulaban aguardar turno y que acababan abandonando
el local, al final de la jornada, con cabello y barba intactos.
Jonás no era, por lo
demás, muy diferente de cualquier otro barbero; poseía, como todos los de su
gremio, la capacidad de intuir si el cliente quería o no conversación. Cuando
se daba el caso, su lengua se acomodaba a cualquier tema, aunque la
experiencia le aconsejaba evitar la política y la religión. Otras veces se
limitaba a escuchar con rostro impasible, asintiendo con monosílabos. Si
el parroquiano lo requería, callaba Jonás durante toda la faena.
Los arrebatos del barbero
se daban inopinadamente, sin mediar indicio alguno que anunciara el ritual que
se desarrollaba a continuación: Jonás, con la mirada perdida en un horizonte
remoto, interrumpía súbitamente su labor y congelaba el gesto, los hombres
enmudecían y contenían el aliento, la barbería se hinchaba de expectación, el
tiempo se detenía. Y entonces Jonás hablaba. Al concluir su
alocución, los presentes permanecían todavía un instante bajo el hechizo,
cercados por un silencio que parecía sagrado. Todo ocurría en menos de un
minuto, después se reanudaba el bullicio, el humo y el sonido de las tijeras,
como si nada especial hubiera sucedido.
Aquellos episodios
acaecían con una frecuencia irregular; podían repetirse varias veces en un solo
día o cesar durante una semana. Los parroquianos, extrañamente pacientes,
acudían regularmente a la espera de su alimento; ignoro si entendían algo de
aquellas reflexiones, pero lo cierto es que bebían las palabras como si fuera
ambrosía.
La voz de aquel
barbero - hombre obeso y amanerado- era aflautada, casi femenina. Mi memoria
fantasea con la imagen de un eunuco aleccionando con afectación a un grupo de
cortesanos. A continuación, transcribo algunas muestras de aquel singular
repertorio que fui atesorando en secreto:
"La esperanza nos
quita la esperanza de que no hay esperanza".
"El día nos
contempla con un solo ojo. La noche, desde la tiniebla, con infinitos".
"El vegetal se alza
hacia el sol y se hunde hacia el centro de la tierra y, sin embargo, no se
desgarra"
"No encontrarás en
los libros más que papel y tinta si no lees con tiento"
"Mientras duermes,
el odio y el amor se reúnen cada noche y juegan a las cartas"
"Los elogios que
recibas son un espejismo que te desvía del camino hacia el verdadero
oasis"
"Si buscas en los
ojos de tu amante el amor eterno no verás otra cosa que no sea su búsqueda de
lo mismo en los tuyos”.
"La voz de la
experiencia es la voz de uno mismo, enronquecida por el dolor y el miedo"
"El joven ignora la
vejez que desconoce. El viejo quisiera ignorar la juventud que ha
conocido"
"Las tormentas del
alma no traen lluvia sino sequedad y fuego”.
Jonás murió un domingo
por la mañana, poco después de sufrir un infarto mientras lanzaba las migas de
su bocadillo a las palomas del parque. Tras su pérdida, el barrio pareció
perder su magia y comenzó a transformarse. Hoy en día, la vieja barbería es un
comercio regentado por una mujer asiática que sonríe sin cesar.
Recuerdo que a los pocos
días de morir el barbero, me aventuré a entrar en el hospital, agobiado por el
deseo de rescatar una sentencia póstuma, y pregunté por el doctor que le había
atendido en el último instante. "Ah si, el señor gordito del domingo
pasado. Y dices que era tu barbero… ¿Sus últimas palabras? Pues la verdad, no
lo recuerdo…yo llevaba muchas horas de guardia y…Espera, si, cuando has dicho
que era barbero me he acordado. Fue justo antes de que perdiera la conciencia.
Se enderezó en la camilla, me miró a la cara y preguntó: ¿afeitar o
cortar?"
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