domingo, 1 de marzo de 2015

ANUNCIACIÓN



Durante la clase de religión, en una tarde que el recuerdo resucita dorada y lánguida, sentí la urgencia súbita de vaciar mis intestinos, mientras sobre el pupitre de madera cruda, un ángel impreso en colores pálidos anunciaba a Maria la llegada milagrosa del Redentor.

Aquella ilustración ya me era familiar mucho antes de que el maestro llegara a leernos el texto que la acompañaba. En más de una ocasión, durante mis exploraciones en el interior de los libros escolares, me había llamado la atención la escena sagrada – una joven tocada de azul celeste, junto a un ventanal gótico, y el alado mensajero, en posición orante, frente a ella – y por algún motivo desconocido, había despertado en mí el ansia del futuro instante en que el discurrir de los días de escuela desembocara en esa precisa lección.

Los niños, sabedores de que solo el presente existe,  suelen manipular las conjeturas temporales con desenvoltura, como si se tratara de un puzzle en el que las piezas encajan siempre,  porque son flexibles y maleables. La Anunciación de la Virgen, plasmada en aquella página, era una pieza del futuro, encastada en el presente, o viceversa; el anticipo, en todo caso, de un momento que había de llegar inexorablemente. Más allá de ese anodino aviso, no recuerdo que la imagen despertara en mí mayores inquietudes, pero el hecho de que el esperado – absurdamente esperado – momento coincidiera con aquella presión insoportable y el ferviente deseo de que la clase finalizara, supuso para mí una decepción, aun consintiendo que la vida transcurre – y ya entonces lo intuía – como un rosario incesante de decepciones. La enigmática expectativa naufragaba finalmente en una desagradable emergencia fisiológica.

Cuando llegó la hora del recreo, corrí hasta los urinarios del patio pero no llegué a tiempo; al abrir la puerta del retrete noté, con terror y placer, que un calor sólido brotaba de mis entrañas e hinchaba mis pantalones de colegial. Con ocho años de edad y un rollo de papel de wáter, borrar las huellas de la catástrofe era tarea abocada al fracaso, y así quedó demostrado cuando al reanudarse la clase, los compañeros más cercanos a mi pupitre informaron  al maestro, tapándose la nariz con una mano y señalándome con la otra.

Los niños son flexibles, resisten los embates de la tormenta con mayor solvencia que los adultos. Yo sobreviví al incomprensible escarnio – tampoco hoy en día consigo entender que hay de divertido en el sufrimiento ajeno – que el maestro no sólo no censuró sino que alentó con su máscara de perpleja repugnancia, aunque aquel bullicio de risas crueles me acorralara hasta el llanto, que es el refugio final de la impotencia.

Fue el mismo maestro, ya recompuesto y tal vez un poco conmovido por mi desamparo, quien me arrastró de la mano por corredores y escaleras hasta un territorio desconocido para mí. Descubrí que el edifico del colegio, construcción robusta y lóbrega, escondía espacios diáfanos, de utilidad indefinida, sin pupitres ni pizarras, que yo veía desfilar de reojo en aquella carrera por los pasillos. Finalmente, llegamos a una sala inundada por el sol de la tarde,  y el maestro me dejó a solas con una mujer robusta que olía a jabón.

De aquella escena remota no logro recuperar más que algunos trazos: la habitación deslumbrante, el ventanal abierto a un patio trasero con macetas, la canción surgida de un aparato de radio, el alivio por haber escapado del infierno. No recuerdo el rostro de la mujer, pero sí sus manos calientes limpiando mi cuerpo tembloroso, su delantal azul, su voz acariciándome el ánimo, su generosidad natural con aquel niño asustado. Su infinita, abrumadora ternura.

De la tarde lejana, donde se confunden la vergüenza y la humillación con la imagen de la Anunciación de Maria, mi memoria quiere rescatar la dulzura de aquella mujer desconocida, objeto final – he querido creer con los años – del misterioso anhelo por una porción del futuro.

Si acaso, en ese bosque asombroso, poblado de espantos y maravillas, que es la infancia, ella ocupa un lugar singular. Su recuerdo me alienta a pretender que más allá del horror y la perplejidad, algunos fragmentos del universo son hermosos, y su sola existencia lo justifica todo. Me apena reconocer que seguramente no supe darle las gracias. 

viernes, 19 de septiembre de 2014

ANTES Y DESPUÉS

ANTES

Era al inicio de la tarde, ese momento hueco y fronterizo en que el mundo parece retener el aliento antes de abordar el resto de la jornada. "Qué quietud…", pensó el viejo "…los animales descansan a esta hora.". En la llanura ardiente, junto al campamento, algunos niños alborotaban un poco, pero sus gritos y sus risas apenas alteraban aquella atmósfera de sosiego.

El anciano, sentado sobre un baúl, acarició la cabeza de un perrito que dormitaba a su lado. "Si todo acabara aquí..., si finalmente no llegara el momento…", suspiraba.
Súbitamente, el cachorro alzó la cabeza y sus orejas en punta se menearon en todas direcciones. El viejo se puso en pie y dirigió su mirada al horizonte; tras la cordillera pelada asomaban algunas volutas de algodón gris. "Ya está aquí", se dijo. Y casi de inmediato se despertó una brisa húmeda que hizo temblar el paño de las tiendas. 

Se recordó un año atrás, cuando, regresando de los huertos, a la hora del crepúsculo, una fuerza sobrehumana le hizo caer de bruces y una voz indescriptible – como un trueno parlante – le dictó quehaceres insólitos.

Él, campesino ignorante, cargado de hijos harapientos y deudas perpetuas, era requerido desde los abismos celestiales. 

En los días posteriores, se rebeló en vano contra aquellos apremios y en su desesperación, quiso imaginar que era su mente enferma la que transformaba el viento del desierto en la llamada del Creador. Poco a poco, el aliento divino fue penetrando en la sangre de aquel hombre hasta hinchar su corazón con la sagrada convicción de que era el elegido del cielo.

Cumplió con la inmensa, absurda misión y aquella tarde, transcurrido un año de esfuerzos colosales, contemplaba los confines escarpados del desierto, asombrado por el aspecto inofensivo de aquellas nubarrones que coronaban la sierra. 

Después del primer trueno, el perrito gimió y los niños interrumpieron el juego. En ese mismo instante, desde el interior del enorme armazón de madera, llegó un estruendo de pájaros y fieras que ya no cesaría en catorce meses de travesía.
Cuando cayeron las primeras gotas, Noé ordenó levantar el campamento y congregó a los suyos para entrar en el arca.


DESPUÉS

He venido porque me dijeron que los búhos saben escuchar y que a veces dan buenos consejos….Si, gracias… ¿ahí, en el diván? no, no, es imposible; los avestruces no podemos tumbarnos, es una cuestión de anatomía ¿sabe? No se preocupe doctor, estoy cómodo aquí, gracias.

La cosa empezó hará unos tres años… bueno, supongo que ya sabe a qué me refiero. En realidad todo bicho viviente tiene que saberlo; de un día para otro aparecieron aquellos tipos barbudos, montados en camellos, capturando animales a destajo. Eso sí, tenían que ser parejitas y, a ser posible, adultas. En fin, no sé cómo le apresaron a usted, doctor, a mí me pillaron en la pradera, en plena persecución de Irene, la hembra de mis sueños. Irene… de verdad que cuando la evoco, se me llenan los ojos de lágrimas. En resumidas cuentas, era una belleza y un encanto de avestruz. Fingía hacerse la estrecha conmigo y cada mañana jugábamos al pilla-pilla, riendo y agitando las alitas. Generalmente, acabábamos ocultándonos en los campos de cereales donde siempre caía algún beso, y no pasábamos de ahí aunque, entre usted y yo, doctor: ya casi la tenía en el bote. Irene…qué muslitos gráciles, qué hermosas pestañas… Disculpe, doctor, es que me emociono al recordarla…

Pues llegaron aquellos bárbaros y me metieron en una jaula de mimbre, si bien les hice sudar la gota gorda para conseguirlo. A los pocos minutos oí que alguien gritaba "¡Aquí hay una hembra, dame el lazo!". Mi pequeña Irene, pensé, prisionera, como yo… Y entonces me embargó una dulce tristeza al imaginar que tal vez fuéramos a compartir un trágico destino. 

Pero las cosas, doctor, - y usted lo debe saber tan bien como yo - nunca son como uno se imagina, y en los peores casos, el sueño se convierte en horrible pesadilla: mi compañera de jaula no fue Irene sino Sandra, una criatura mezquina y paticorta, la hembra más fachosa de la llanura que, además, estaba enamorada de mí desde que salimos del huevo. Para más inri, mientras nos alejábamos con el carro, adiviné la silueta de Irene contemplándonos desde el trigal y pude apreciar también, por desgracia, al imbécil de Bruno - un jovenzuelo petulante - iniciando los pasos para hacerle la corte. Sé que ambos habrán muerto ahogados - pobre Irene - pero le aseguro, doctor, que hubiera preferido mil veces esa suerte a la mía.

El resto de la historia se lo puede imaginar: la entrada en el arca, con aquel jaleo de bestias de toda condición, las bodegas de la nave, donde apenas se podía respirar, los aullidos, los graznidos, la pestilencia…, en fin, doctor, qué le voy a contar que usted no sepa. Por lo demás, ¿qué se puede hacer en una celda de 4 metros cuadrados durante más de un año, acompañado por una hembra, aunque esa hembra sea detestable para uno? El caso es que al final de la travesía, éramos siete en lugar de dos. Recuerdo las risitas de las hienas, que ocupaban la celda de en frente, cada vez que la estúpida de Sandra soltaba uno de sus enormes huevos.

Y ahora, doctor, nuestra descendencia va a ocupar las praderas. ¿Se da cuenta, doctor? No puedo soportar la idea de que los futuros avestruces que pueblen el planeta van a ser hijos míos y de esa gallina estirada. ¡Qué espantosa perspectiva! Ojala cayera otro diluvio…Ayúdeme doctor, me siento muy deprimido.

lunes, 15 de septiembre de 2014

BALTASAR




Apenas mediaron unos minutos entre el instante en que Baltasar supo que iba a morir muy pronto y el encontronazo a la salida del portal.  Un poco  antes del choque, el doctor había ido destilando su discurso,  con las cejas alzadas y la mirada esquiva,  mientras parecía buscar algún objeto extraviado sobre la mesa del escritorio. Baltasar, entretanto, perseguía con los ojos el movimiento absurdo de aquellas manos coronadas de vello y escuchaba la sentencia con aire distraído; si el doctor estaba en lo cierto, no llegaría con vida a la próxima declaración de la renta, ni tampoco al pago del seguro del coche,  porque la última primavera de su vida habría pasado ya, y Baltasar asociaba la primavera con el pago de impuestos. Esto le hizo sonreír, y el doctor, incómodo,  bajó la mirada.

En ocasiones había imaginado – como imaginamos todos -un escenario similar, figurándose previsibles reacciones ante el anuncio fatal. Ahora, sin embargo, mientras el médico seguía balbuceando instrucciones desde el otro lado de la mesa, no acertaba a sentir más allá de una extraña repugnancia hacia sí mismo, como si ocupara el cuerpo de otro ser humano, de un desconocido. Fue al salir de la consulta, mientras bajaba las escaleras, cuando percibió súbitamente el miedo a la muerte, tan cercano y presente como un perro gruñendo a sus pies. Le faltó el aliento y tuvo que sentarse en un escalón, cubriéndose el rostro. En lo profundo de aquella tiniebla húmeda, se vio a si mismo enfrentado a un territorio yermo y crepuscular donde reinaría el dolor. “Viudo, prejubilado, enfermo, muerto“, se puso a recitar a modo de mantra contra lo insólito del trance, mientras algunos consuelos efímeros iban y venían a su alrededor, como mariposas de humo. Cuando se creyó con suficiente ánimo, se alzó heroicamente para dirigirse hacia la salida. Entonces ocurrió.

Azuzado por el afán fugitivo y la sed de aire puro, Baltasar irrumpió en la calle con tal brío que una joven transeúnte  cayó de bruces en la calzada, a resultas del topetazo. El involuntario agresor permaneció inmóvil y perplejo durante unos segundos,  preguntándose si era aquel otro sueño absurdo dentro del sueño terrible que le había tocado vivir aquella tarde. Acudieron algunos peatones. “Es que no va usted a ayudar?“ le espetó una anciana con cara de asco mientras intentaba alzar a la muchacha del suelo.

Se llamaba Lucia, y había atravesado el Atlántico dos años antes, con la esperanza de encontrar un lugar donde la vida tuviera algún valor. No era bonita, ni tampoco simpática; se hallaba al borde de la indigencia tras un calvario que había desembocado en un reciente desahucio,  y llevaba ya dos semanas durmiendo en casas de acogida. Vivió la caída en la acera con la naturalidad de quien vive un episodio más en su declive.

 Al incorporarse, la chica sintió una punzada en el tobillo y Baltasar se alarmó tanto que insistió en acompañarla hasta el  mismo doctor que minutos antes le había anunciado el diagnostico terminal,  pero ella no quiso ni oír hablar; no tenía seguro médico ni dinero. Ceñuda y renqueando, aferrada al brazo de aquel señor que no cesaba de pedir perdón, Lucia accedió por fin a tomar asiento en la terraza de un bar cercano. La estampa de aquella india bajita y enfurruñada tomando coca-cola junto  a un individuo con aspecto de adolescente decrépito llamaba la atención de los transeúntes.

Cuando agotó el desfile de disculpas, Baltasar optó por enmudecer y hundir la vista en el fondo de su café, dando paso a un largo silencio poblado por el tráfico callejero. Al cabo, armado de valor, le ofreció pagar un taxi que la llevara hasta su casa. Lucia irguió el rostro, adusta y desafiante,– gesto habitual en ella, que no contribuía a mejorar su suerte – y descubrió ante sí dos ojos cansados, teñidos de una indefinida aflicción que, incomprensiblemente,  le trajeron recuerdos de una niñez perdida. Empujada por una repentina conmoción interna pero sin perder la expresión hosca, la muchacha volcó sobre Baltasar su crónica de esperanzas rotas, su naufragio personal, su espanto ante un futuro ciego. La última parte de la confesión le recordó a Baltasar una antigua película italiana de posguerra: Lucia estaba encinta; tres meses atrás, un compatriota suyo, achaparrado y charlatán, se había instalado en su apartamento durante una semana, antes de desaparecer con el lector de DVD y el microondas.

La revelación de Lucia estimuló en  Baltasar la conciencia de que su vida no se iba a alargar más allá de unos meses, y sintió de nuevo el mordisco de la muerte en su corazón. Entonces intuyó oscuramente que el rescate de aquella desdichada era imprescindible para ella, pero aún más para sí mismo.
Contó hasta diez, respiró hondo y habló de una habitación desocupada  en su piso de viudo. Ella le miró, frunció aún más el ceño, y asintió.

Durante los meses posteriores a aquella tarde singular, el jubilado y la preñada – como bautizó el barrio a la pareja – enfrentaron las horas y los días en un combate dulce, febril, desarraigado del tiempo.  Cómplices contra la desventura, buscaron la manera de construir un destino propio, sin más armas que el presente y la voluntad de compartir la vida. No hubo entre ellos intimidad física ni sentimentalismo; Baltasar conservó su trato tímido y solicito, Lucia su severidad y su férrea ternura.

Durante la última fase de su enfermedad, Baltasar se ayudaba de Lucia para caminar, y ambos revivían la escena invertida de la tarde ya remota.

A finales de Abril, Baltasar, que agonizaba en una habitación resplandeciente de azul y blanco, sufrió durante dos días la ausencia de Lucia; sus visitas  - las únicas que recibiera - se habían interrumpido inexplicablemente, y el moribundo temía no poder despedirse de la muchacha, cuyo embarazo llegaba a su fin. Al amanecer del tercer día, una insondable tristeza consiguió devorar el sufrimiento físico, pero hacia el mediodía,  el dolor se intensificó y decidieron aumentarle la dosis de sedante. Estuvo soñando toda la tarde con fragmentos de su pasado, engarzados sin coherencia, y cuando despertó, el sol anaranjado dejaba sus últimas pinceladas en la pared desnuda. Un cansancio amargo le secaba la boca, y al intentar alcanzar el vaso de agua, descubrió a Lucia sentada a su lado.

Le costó reconocer aquel rostro encendido de dicha en el que resplandecía una sonrisa franca y hermosa. “No sé si estoy soñando“, susurro Baltasar desconcertado. “Se llama Baltasar“, dijo Lucia con voz transfigurada; y una mano diminuta y un tenue lloriqueo surgieron de su pecho.
Cuando la muchacha abrió su chal y dejo al descubierto el cuerpo desnudo del niño,  Baltasar creyó recordar que en algún momento, miles de años atrás, había deseado tener un hijo.

Entonces Lucia tomó la mano de aquel hombre,  pero Baltasar ya no alcanzó a sentir la calidez del contacto.

sábado, 30 de agosto de 2014

UNA CANCIÓN ANTIGUA



Me la cantó pequeño buey durante la hora de las moscas, cuando el sol se enfurece con la tierra,  y los hombres y las bestias se ocultan como pueden para no sufrir el destino de nuestro río, que años atrás acariciaba los lindes de nuestra aldea y ahora no es más que un surco cegado por piedras y matorrales secos. Le llamaban pequeño buey porque se pasaba las horas vagando con la manada, imitando con bufidos y sacudidas a los animales que le rodeaban y ostentando dos astas de madera, sujetas a la frente con cordeles de lino.

Había sido un poderoso hechicero en el poblado de los cazadores de antílopes que hay al otro lado de la cordillera, – al menos eso contaba mi padre, y puede que fuera cierto porque mi padre apenas hablaba y nunca mentía – hasta que el espíritu de una mujer pantera se apoderó de su corazón y le desposeyó de su autoridad de mago y también de su juicio. De modo que abandonó el que fuera su imperio y deambuló por las montañas de cal, alimentándose de arañas, hasta llegar a nuestro poblado, donde cayó a cuatro patas por el peso de sus tribulaciones, y así se mantuvo mientras vivió; o eso parece, porque nadie volvió a verle sobre dos pies.

En la aldea,  las ubres de las vacas y las sobras que las viejas lanzaban al vertedero, impedían que pequeño buey muriera de hambre, y nunca nadie de entre nuestra gente le apaleó ni le apedreó; ni siquiera los niños. Se le ignoraba, como se ignora una roca o el olor del estiércol, pero había también un espanto oculto entre nosotros porque sabíamos que pequeño buey, a pesar de su aspecto y sus ademanes, seguía siendo un brujo, y no es prudente hostigar a un brujo.

Yo, como otros niños,  vivía fascinado por pequeño buey. Aún hoy, en los últimos días de mi vida, conservo el recuerdo de la fiebre que me atraía sin remedio a la compañía de aquella criatura. En las horas de fuego, cuando la aldea se refugiaba en la sombra, siempre le hallaba tumbado junto a las acacias, babeando y mugiendo débilmente con los ojos en blanco. Yo le acechaba desde los matorrales, con mi cuerpecito inmóvil y el corazón enloquecido, y él fingía no darse cuenta de mi pequeña presencia, aunque ambos sabíamos que aquel era nuestro momento común, nuestra isla. La voz de pequeño buey se alzaba entonces sobre el rugido de las cigarras y, sin abandonar su postura bestial, salmodiaba sus baladas.

Nunca supe si aquellas canciones surgían de sus días de hechicería  - huellas de un mundo arcaico -o brotaban espontáneamente, como un atributo más de su talante disparatado, pero cuando pequeño buey cantaba en el fragor del mediodía, yo bebía sus palabras como agua recién salida del pozo.

Tan sólo una de las canciones ha sobrevivido a mi memoria; el resto se debió disolver bajo la luz de la luna. O quizás pequeño buey repitió miles de veces la misma tonada y yo la escuché cada tarde como si fuera la primera vez.

Ahora, acuclillado en la entrada de la choza mientras espero la noche,- ¿o es a la muerte a quien espero? – vuelvo a canturrear la canción de pequeño buey y saboreo el recuerdo de su voz áspera y remota:

Vuela de rostro en rostro,
invisible y veloz atraviesa la noche
para robar los frutos del dolor.
Ladrón de lágrimas, ¿qué harás con tu botín?
¿Para quién atesoras la cosecha de duelos,
desazón y miserias?
Ladrón de lágrimas, ¿Adónde vas ahora?
Voy a los campos de Dios, a la aldea sagrada
donde vive el Supremo,
llenaré con mis hurtos la cisterna
y el Padre celestial, cada mañana,  
sumergirá su cuerpo para borrar los sueños
que la noche trajera.
Vuela de rostro en rostro
invisible y veloz atraviesa la noche
para robar los frutos del dolor.
Ladrón de lágrimas, no vayas lejos,
mi dolor será tuyo sin que fuerces la entrada.

lunes, 18 de agosto de 2014

EL ENCUENTRO

PRÓLOGO: He esperado mucho para escribir esto. No quería volcarlo fuera de mí sin darle alquimia, sin cocinarlo hasta hacerlo comestible, comprensible. El recuerdo de lo que sucedió durante aquella semana tomó en su momento la forma de un ente indefinido, sinuoso, que habitaba en las cavidades de mi cuerpo como un parásito sin alma y me obligaba a revivir el laberinto de lo ocurrido. A veces, durante meses he mantenido la ilusión de ser libre, de no cobijar ya a este monstruo ciego que me consume el ánimo, pero él siempre regresa, lo siento ascender hasta mi corazón y mi garganta para cerciorarse de que sigo siendo su esclavo. Sé que nunca escaparé al sabor empalagoso y agrio de aquel episodio, pero he querido ordenar los hechos para conjurar, aunque sea débilmente, el demonio que me hostiga.

PRIMER ACTO: He ido a caer a un barrio apartado; mi oficio me lleva a lugares así. Quiero tomar un café pero no encuentro nada parecido a un bar, son las seis de la tarde y no se ve un alma. Desolación. Aquello parece una cafetería. El local es estrecho como un pasillo, solo un vejete al final de la barra. No sé qué toma, parece un vaso de leche. Me sirve un hombre calvo y muy miope. Mientras sorbo el café, el viejo sale del bar sin abrir boca. “Hasta luego, Vicente” dice el barman, y entonces siento un escalofrío. “Vicente”, repito para mí como un loro. El calvo me pregunta si le conozco pero cuando intento contestar siento que el pecho se me hunde y no salen las palabras. Corro al baño, que apesta, y expulso el café todavía caliente y el bocadillo del almuerzo. A la hora de pagar, indago: el viejo vive en la residencia geriátrica que hay junto al parque,  viene cada tarde y se toma un Pernod, los parroquianos le llaman "el mosén" porque fue fraile o cura, pero se salió hace años. Cuando subo al coche, decido dirigirme al parque antes de abandonar el barrio. El geriátrico parece un edificio soviético en miniatura, su fealdad supera la fealdad del parque y del barrio. Me voy a casa.

SEGUNDO ACTO: He quedado con Pablo en el paseo marítimo, viene con su hija de cinco años y con el perro, y eso que le dije de hablar a solas. En fin. Pablo siempre tan sonriente. A su lado me siento un adefesio envejecido. La niña es muy guapa, como la madre; corretea por la playa con el perro mientras su padre y yo nos sentamos en un banco del paseo. Le describo el encuentro, las palabras del barman, el geriátrico de arquitectura delirante. Pablo se levanta de un salto y me mira de arriba abajo, parece como si un golpe de mar le hubiera borrado la sonrisa. Grita el nombre de su hija para que no se aleje. “Pobre viejo”, susurra, y la sonrisa regresa a su rostro. La niña viene corriendo detrás del perro. Antes de que llegue hasta su padre le tomo el brazo a Pablo: “Mira, con nosotros  no pasó de manoseos y pellizcos pero sé que con otros fue más allá. Seguro que esos no le llamarían pobre viejo. Más de uno le cortaría el cuello si supiera que está vivo”. El perro llega antes que la niña, y Pablo le hace fiestas mientras me habla: “Allá tú. Métete en denuncias y juicios, si te apetece, pero no cuentes conmigo. El colegio me queda tan lejos como la guerra del catorce. Ya casi ni me acuerdo de toda aquella mierda. Ni quiero acordarme. Vámonos, guapa, dile adiós a Jorge”, y coge de la mano a la niña, que acaba de llegar a su lado. Pablo me mira, sonriendo, y me guiña el ojo. La niña alza la cabeza hacia su padre mientras se alejan: “¿por qué te tiembla la mano, papá?”.

TERCER ACTO: Despierto sobrecogido; la noche ha sido un infierno. De nuevo mosén Vicente. Desde mi pupitre siento como se acerca por detrás, me pellizca la nuca, me soba el pecho con una mano rabiosa y encendida. Escucho su respiración; cólera y deseo confundidos. Después veo su rostro joven, rubicundo, la mirada vidriosa, la sotana ceñida, frente a un grupo de niños rígidos de espanto. Entre una pesadilla y otra me pregunto qué hacer. Quisiera no haberle visto en aquel bar, no saber que ahora mismo duerme en esa residencia junto a un parque de esta misma ciudad. Quisiera la sonrisa de Pablo, su sensatez, su espíritu de futuro, para neutralizar el horror de los recuerdos. Al amanecer concluyo que no me corresponde a mí destapar el cubo de basura. Sin el apoyo de otros testigos, sería penoso y posiblemente estéril. Además, me consta que otros infortunados sufrieron el acoso de un modo irreparable. En clase sabíamos quiénes eran. Se distinguían por un constante encogerse y una mirada sin vida. A ellos les tocaría actuar, pero a saber dónde paran. 
Durante la pausa del desayuno ya corre la noticia – en una ciudad de provincias el boca a boca todavía se anticipa a la prensa – del hallazgo de un cadáver en un parque de las afueras. Los oficinistas saborean un detalle truculento: el asesino ha castrado a la víctima y ha encajado los genitales en su  boca hasta asfixiarlo. Debo estar muy cansado o debo ser muy torpe porque mi cerebro no establece la asociación hasta que no escucho el nombre de la víctima en el telediario.

EPÍLOGO: Desde el mismo banco del paseo marítimo contemplé la estampa perfecta de Pablo y su familia sobre la arena. El esplendor de la mañana dominical me dolía como una herida abierta,  y una sopa de culpa, perplejidad y asco me recorría las entrañas como un reptil; el universo se reducía a la imagen de un anciano mutilado entre los arbustos.

Pablo me saludó desde la playa para que me uniera a ellos y súbitamente pude ver a otro Pablo – que nunca quise ver – escondido tras una sonrisa elaborada; un niño encogido, sin vida en la mirada, un muchacho de hombros raquíticos y cuello frágil que parecía suplicar desde una esquina del aula. Supe entonces que yo le había mostrado a Pablo la puerta abierta de la venganza.

sábado, 16 de agosto de 2014

UN DUELO


La noche anterior al día en que murió Sofía, soñé que un muro negro  y altísimo se alzaba ante mí como una imponente mole de basalto cuyos límites se perdían, a derecha e izquierda, en horizontes brumosos. Sentí el impulso de pegar mi oreja a aquella superficie satinada y fría, y alcancé a oír, aunque muy tenue,  la voz remota de Sofía, pronunciando mi nombre. Durante meses me atormentó el hecho de no haber compartido con ella, al despertar,  el sueño oracular, y generar de ese modo una ruta de sucesos diferente a la que desembocó en su muerte,  pero eso era equivalente – deduje para mi alivio – a que ella hubiera podido salvarse si yo no le alcanzara el azucarero durante el desayuno. Además, nadie puede ver el futuro, y menos todavía a las siete de la mañana de un día laborable.

A las ocho y cuarenta y seis minutos, el número de Sofía parpadeó en mi móvil y al contestar, la voz torpe y temblona de un policía de tráfico – parecía un niño recitando una lección mal aprendida - me habló de una motocicleta, una mujer y un camión, piezas de un puzle que el pobre hombre no se atrevía a completar, mientras yo me daba cuenta de que el móvil de Sofía – intacto superviviente de la catástrofe – me estaba abriendo las puertas a un mundo de cielos plomizos y campos inertes donde yo iba a estar solo.

Las frases “murió en el acto “o “no ha sufrido”, que algunos insensatos ofrecen a los allegados, con intención de consolar, me remiten de inmediato a la visión de un cuerpo desecho, irreconocible. Lo que el muerto no ha sufrido, lo sufre el vivo, contemplando el cadáver. Yo no quise ver aquella inmundicia que había sido mi esposa,  y delegué en sus familiares la identificación.  También estuve tentado de no acudir al funeral, hasta tal punto me irritaba la liturgia del duelo, los rostros demacrados por el desconsuelo, las incesantes lágrimas – qué absurdo es llorar – de quienes me rodeaban.

Mis primeras lágrimas asomaron una semana después de que fuera enterrada, cuando encontré entre sus cosas una postal que yo mismo le enviara desde Italia, cinco años atrás. Al evocarme sentado en aquella cafetería, escribiendo frases tiernas en el reverso de la Piazza Navona, para un destinatario que ya no existía, me entristecí hasta enloquecer. Creo que en ese preciso instante, y no antes, fui consciente de la muerte de Sofía.

Con el paso de los días fui aprendiendo que la ausencia del ser querido es tan natural y genuina como su presencia; frágil consuelo, si se quiere, al que me aferré como un clavo ardiente. Advertí, sin embargo, que al haberme negado la visión del cuerpo destrozado de Sofía, me había condenado a un suplicio insospechado: cada noche, al cerrar los párpados, se abría el telón de un escenario aterrador donde la imaginación reconstruía aquellos despojos retorcidos  cuya contemplación quise evitar en su momento; estampas de hierro y carne, mutables de noche en noche,  que insinuaban sin embargo – y eso era lo peor – los delicados rasgos de Sofía. Después de un largo desfile de insomnios infernales, concluí que aquellas esculturas retorcidas y sangrantes eran mi propia alma, resistiéndose a aceptar que aquella mujer que amé ya no estaba en el mundo. El día en que se cumplía un año del accidente, adiviné un  remedio a mis padecimientos.

En otros tiempos, en otros relatos, deambularía ahora mi silueta entre las lápidas resplandecientes de luna, con pala en mano y encorvado ademán, en busca de la tumba de mi amada. A cambio, soborné generosamente, a un empleado del cementerio municipal,  que durante la pausa del mediodía profanó con pulcritud el nicho y el féretro de Sofía.

Recuerdo el hedor dulzón, los restos húmedos y desordenados, el sepulturero fumando junto a una escultura, el bramido de un avión en lo alto. Intento recordarme, pero no lo consigo. El tormento prolongado de la imaginación debió forjarme inmune a la figura real de aquel organismo destruido. Por fortuna, supongo, no descubrí indicio alguno que despertara en mí el recuerdo de la Sofía que amé.

Aquella noche volví a soñar con el muro ciclópeo. Como la otra vez, acerqué mi oreja a aquella tiniebla bruñida, pero no hubo voz que me llamara, tan solo el beso mudo de la muralla. Cuando abrí los ojos a la mañana, me sentí aliviado y melancólico.

martes, 12 de agosto de 2014

INTERIOR


La mente de Dios es semejante a la superficie de un lago en invierno: nítida e inmóvil; metáfora de místicos que pudiera aplicarse - sin mucha fortuna - a la atmósfera de aquel momento. Si acaso, tan solo la sutil respiración de los presentes delataba la existencia de vida en el recinto. A veces, un seco carraspeo, un gemido apagado, rasgaban el silencio.  
La expectativa hueca de aquellas miradas fijas en un horizonte de metal cromado delataba la ausencia de la noción de tiempo; una espera vacía, nebulosa, carente de objetivo, o tal vez una suma de objetivos dispersos que se resuelve en nada.
A pesar de ocuparlo seres vivos, el lugar no era amable ni humano, pues la tibieza de los cuerpos cercanos era solo un concepto intuido que flotaba en el aire; un aire sin olor ni carisma, tan neutro como el resto de aquel universo neutro.
Más allá del mutismo imperante, el murmullo de una remota maquinaria se derramaba sin cesar sobre aquellas figuras estáticas; una nota profunda, pertinaz, que perforaba sutilmente las paredes del tiempo.
De pronto, el inesperado ataque de tos de un tripulante detuvo el suave devenir de la rutina. Le sucedió un instante de alientos contenidos y miradas de reojo.  Alguno sintió el roce involuntario de quien estaba a su lado. Se produjo, en definitiva, un ligero conato de inquietud. Al poco, el pesado engranaje del vacío reinició el movimiento.
De nuevo, los hombros caídos, la aséptica y absurda contemplación del aluminio, la mente absorta en objetos sin vida, y el rumor lejano e insistente, devorando ese espacio diminuto.


A los pocos segundos, el viaje ascendente finalizó y la puerta del ascensor se abrió.

EL SUEÑO DEL EMPERADOR

El emperador estaba borracho; deambulaba sobre el mármol de la sala del trono con una botella de brandy en la mano, aullando, más que cantando, una vieja tonada obscena.  Su recital carecía de auditorio ya que en un arrebato de cólera había expulsado de la estancia a todo su séquito, incluyendo a la emperatriz y al príncipe heredero. 
 Durante el banquete se había sentido, como era habitual, profundamente solo. No hallaba, entre tantos comensales, ni una sola persona digna de su confianza y detestaba aquella atmósfera hostil en torno suyo: los gestos aduladores de consejeros y damas, el acecho constante del primer ministro, la fría mirada de la emperatriz, la mezquindad de su propio hijo. También, como cada noche, había intentado mitigar su malestar bebiendo sin mesura. Después de la cena, ya embriagado, se arrellanó en el trono y buscó un motivo para seguir soportando la presencia de aquellos cortesanos, pero no lo encontró, de modo que alzó su figura tambaleante y despidió a la concurrencia entre insultos y amenazas. La tragicómica escena se repetía con cierta frecuencia en aquella corte.
El emperador estaba solo; caminaba errante por el enorme salón, aferrado a su botella de licor y gritando a las paredes su canción procaz. Notó, de pronto, que la náusea le dominaba y se abrazó al busto de un viejo general para no caer redondo. Fue avanzando a trompicones, de busto en busto, circundando el perímetro de la sala hasta atinar con el acceso a la terraza. Afuera, el fresco de la madrugada le golpeó en la cara y la visión aérea de la capital le mareó aún más; se aferró a la balaustrada e intentó fijar la mirada en el horizonte de la ciudad pero no hubo manera de detener el bailoteo de torres, techos y alumbrado. Cerró los ojos.
Mientras navegaba en aquellas tinieblas tomó conciencia de su realidad: el imperio era un caos de miseria y corrupción, el pueblo aborrecía a sus gobernantes y la traición asediaba su trono día y noche. Hasta su propia familia conspiraba contra él. Comprendió que su reinado era un desastre y su vida personal una pocilga. El emperador sintió un asco infinito y lanzó su vómito más allá de la barandilla, hacia la noche; después regreso al interior con pasos vacilantes y se desplomó en el trono. Se durmió de inmediato.
 Soñó que surcaba los mares en un blanco navío y arribaba a las costas de una isla. Al desembarcar, una multitud eufórica le aclamaba, arrojando flores a su paso. Entre coros y fanfarrias era conducido en lujoso carruaje hasta un castillo resplandeciente donde un obispo de rostro bondadoso le coronaba con gran pompa.
Su reino era un jardín fértil y hermoso donde los súbditos - campesinos, artesanos, pescadores - se entregaban con alegría a sus ocupaciones. La guerra, el hambre o la enfermedad eran asuntos desconocidos y la gente llegaba a la vejez con la dicha de haber vivido en paz. El pueblo, por supuesto, adoraba a su rey.
Los ministros eran honestos, las damas virtuosas y los cortesanos respetuosos con la autoridad del monarca. La reina, una criatura espléndida, le amaba con ternura y pasión, y el heredero al trono acumulaba todas las virtudes de la juventud y ninguno de sus defectos.
Cada noche se celebraba un banquete con mantelerías de inmaculada blancura y se llenaban las copas con vinos perfumados. Después, en la sobremesa, se recitaban poemas de elogio a la monarquía y se cantaban antiguas sagas que despertaban la emoción de los asistentes.
Los domingos, el rey se engalanaba de blanca seda y saludaba a su pueblo desde el balcón de palacio mientras cientos de blancas palomas eran liberadas rumbo al cielo de la isla. Todo era virtud, prosperidad y felicidad.
El emperador emitía tales alaridos que la corte, alarmada, acudió en tropel a la sala del trono. Tras un último grito desgarrador, abrió los ojos, sobresaltado.
"Dios mío", susurró, "qué horrible pesadilla…"
Ya más sosegado, advirtió que los rostros expectantes a su alrededor eran presencias familiares: el primer ministro, los cortesanos, las damas, la emperatriz… Estudió con atención aquellas facciones de rapaz donde la ruindad y la perfidia se transparentaban de manera evidente y sintió entonces un enorme alivio al comprobar que, por fortuna, había vuelto a casa.
El emperador sonrió y exclamó con voz ronca: "¡Traed más brandy!".





sábado, 9 de agosto de 2014

DIARIO DE BERNALDO FONT (recordando a Stevenson)



Sobre el destino final de nuestro poeta nacional Bernaldo Font, cuya ausencia sigue pesando como una losa sobre nuestro empobrecido universo literario, y sin ánimo  de prolongar las lisonjas – sinceras o no – que han estado lloviendo sobre el autor de “Borrascas” desde su extraña desaparición, a finales del pasado año; todavía unas palabras.
Dado que ya tuvo Font elogios de sobra durante los meses posteriores al suceso, considero que, llegados a este punto, el mejor homenaje es beber el nutritivo néctar que su pluma destila, y vivir, en silencio, su carencia.
Mi cometido no es alabar sino desentrañar – o al menos desbrozar mínimamente - el cómo y el por qué del suceso enigmático que desemboca en su inesperada huida, o muerte o transfiguración en puro recuerdo. Mi herramienta: las últimas páginas de un breve diario personal bastante deteriorado que su hermana, Serena Font - ya fallecida e ignorante de su contenido - cedió a la Universidad donde el ilustre poeta ejerció durante tres décadas.
El documento - para cuyo uso estoy autorizado - se divide en dos secciones; la primera, que abarca unos seis meses, contiene anotaciones diversas, referidas, en su mayor parte, a la elaboración y revisión de su inconclusa colección de poemas - "La noche vertida"-, actualmente en proceso de edición póstuma (?).
Con una frecuencia media de tres o cuatro días, hallamos entradas semejantes a la que inserto como ejemplo:

14 de abril.
Tengo mis dudas sobre el orden de los cantos XI y XII. El hecho de que el primero concluya con el verso "de la ardiente vereda, la añorada visión.", y que el siguiente se inicie con "dulce sueño que en un instante, antaño…", provoca que algo chirríe en mi interior. No me gusta el enlace entre uno y otro poema.
Si invertimos el orden, la cosa quedaría asi:
Final del canto XII: "Se volveran amargas las esquinas."
Inicio del canto XI: "Sin ti, la caricia dorada de la tarde…"
En realidad no sé si eso mejora o empeora la transición.

De un modo similar transcurren la mayoría de los apuntes - memoria más o menos detallada de un proceso creativo -, hasta que, a mediados de verano, Font altera por completo el estilo del dietario, registrando un hecho insólito:


23 de julio.
Esta mañana, mientras revisaba el canto XXVII ("No esperes más, si acaso aunque la vida…") levanté el rostro del papel durante un instante y descubrí a un tipo enclaustrado en el interior del espejo que hay frente a la mesa del despacho. Era yo. De pronto, sentí lástima por aquel hombre calvo y mofletudo, de mirada estúpida y pose altiva.
Intenté redirigir mi concentración hacia el poema, pero fue inútil; otra vez mis ojos se buscaban a sí mismos. De nuevo la sensación de ridículo, de vergüenza. Volví al poema y sólo pude ver palabras ordenadas.
He pasado la tarde bostezando frente al televisor.
Esta curiosa anotación marcaría el inicio de la segunda sección del diario, que abarca desde esta fecha hasta finales de noviembre, cuando Font interrumpe su crónica y desaparece.
El proceso de transformación, según se desprende de lo que el poeta dejó escrito, debió de ser notable, y sin embargo, mantuvo Font el orden de sus ocupaciones cotidianas, y supo ocultar al mundo lo que pareciera una súbita tormenta interior.
Al respecto, añado un comentario de Julio Cuesta, su editor y amigo íntimo:

Bernaldo siempre fue reservado, incluso con los más allegados. En los meses previos a su volatilización no dejó de ser el mismo Bernaldo Font de siempre. Un poco más ausente, quizás, en las conversaciones; un poco más cansado y ojeroso, pero nada como para alarmarse. Recuerdo, eso sí, un episodio singular: le llamé por teléfono más temprano de lo habitual porque necesitaba un dato con urgencia. Me contestó una voz cavernosa, casi desconocida. Yo le consultaba sobre la maquetación de cierto poema; esperé su respuesta,  y tras un largo silencio, susurró antes de colgar: "quémalo todo". Esa misma mañana me llamó al despacho y me explicó, con jovialidad, que no era él sino su alter ego quien me había hablado. Bromeamos. No recuerdo ningún otro incidente similar.
El testimonio de Cuesta constituye el único indicio - suficientemente inquietante, sin embargo - de la peculiar metamorfosis del poeta.

¿Qué ocurrió pues para que este catedrático ejemplar, mago de la palabra escrita, constructor de universos, columnista brillante y artista indiscutible, plasmara sobre las páginas de su diario tales monstruosidades durante los últimos meses de vida conocida?. ¿Es real lo que explica o solo un ejercicio de su oficio? ¿Pudo una celebridad como él, respetado en todos los ámbitos sociales, sumergirse en el fango hasta tal punto y salir indemne antes de desvanecerse?

Traslado aquí algunos retazos de este oscuro memorial; su artífice fue un hombre desdichado, o enfermo, o loco, o acaso únicamente quiso jugar a ser lo que no era y jugó, de este modo, con el posible lector.

30 de julio
Ya tengo el peluquín. Ha llegado esta mañana por correo privado. Tenía mis dudas porque en la pantalla todo se ve bonito pero la verdad es que me sienta bien. Es el típico peluquín de pelo grueso y marrón que evidencia su condición apócrifa y destaca aún más la calvicie que pretende encubrir. Ay, que ganas tengo de ponérmelo esta noche. Esperaré a una hora avanzada y me escabulliré por la puerta trasera, la que hay junto al cobertizo. Mientras llega ese momento, miraré el programa de Luz Melero; es una borde que no sabe hacer la o con un canuto pero tiene un culo increíble. Me pregunto que se debe sentir al hacerlo con un culo fantástico, sabiendo que ese culo pertenece a una imbécil. Ya me excito solo de pensarlo.

2 de agosto
Vaya noche. Mientras trabajaba en el despacho, durante la mañana, no he podido evitar que mi mano se deslizara hasta la bragueta cuando pensaba en cierta señorita, aunque no he llegado a abrir la cremallera. La cosa fue rodada: me puse el peluquín y el chaquetón de cuero y salí a la autovía, a toda leche. Me metí en el primer club de carretera que encontré; "La cantina", se llama: cinco mamarrachos apoyados en la barra y tres putas flirteando con desgana. Me fijé en la más joven, una mulata teñida de rubio que no paraba de canturrear. Menuda furcia. Me tomé dos whiskies y subimos arriba. La verdad es que cualquier puta de carretera folla mejor que cualquiera de las cultas damas con las que he tenido algún affaire. Me gustaría verlas a todas tras la barra, intentado conversar de temas refinados con los clientes. Son peores que las peores putas… las odio a ellas y a todo el universo que representan.

6 de agosto
No conocía la cocaína. Creo que va a ser mi droga, pero debo controlarme. Esta noche, antes de salir, me he metido dos rayas y he mirado la tele. Ese culo de la Melero me ha puesto como una moto y cuando salía de casa ya no me quedaba mucha energía. Tengo que reservar cartuchos para las salidas nocturnas. Esta vez he ido más allá en mis incursiones. Uno se va metiendo en  la noche y se descubren cosas…El "Saint Jack", junto al rio, es increíble; hay para todos los gustos. Me he llevado a una pareja en mi coche; el chico no tenía más de 16 años, aunque aparentaba más; la chica era toda una especialista en tríos. Hemos ido hasta el bosque, junto a los suburbios. Me he puesto morado. Con la coca, además, me ha dado por ponerme violento y eso le ha gustado a la chica. Vaya puta…

15 de agosto
Me estoy pasando, lo sé, pero es preciso que así sea. Paco, el camarero del "Saint Jack", me consiguió una dirección que ha resultado ser una mina; es sorprendente que se encuentren lugares así en el corazón de nuestra civilizada metrópoli. La cosa funciona de este modo: el encargado del tinglado dirige un equipo que recluta menores en los suburbios; todo muy discreto, todo muy legal, digamos. El cuartel general es un piso de lujo por donde transitan niños de todas las edades que sus papás han cedido en alquiler: un negocio redondo. Como es natural, me he aficionado mucho a este remanso de felicidad. De todos modos, siempre remato la jornada con una visita a los puticlubs de carretera. Siento que mi lujuria es insaciable.

3 de septiembre
Me aburro un poco. La vorágine cotidiana ya me tiene frito. Además, aunque dispongo de recursos, me fastidia pagar tanto dinero para obtener placer. Quiero disfrutar sin dar nada a cambio. Esta noche me quedaré en casa, beberé cerveza y homenajearé el culo de Luz Melero.

4 de septiembre
Pretendía quedarme en casa… que estupidez; eso ya es imposible para mí. Necesito la noche para ensanchar mi alma, extender mis alas de rapaz y sujetar las presas en mis garras antes de devorarlas. Pero quiero más, cada vez más…

12 de octubre
Paco, el camarero del "Saint Jack", me está empezando a tocar los huevos. Cada vez que le pido una copa me suelta: "enseguida, académico" o "ahora mismo, Sr. catedrático". Aparentemente se hace el gracioso conmigo, pero yo sé lo que busca. Tal vez se encuentre con una sorpresa.

15  de octubre
Ha ocurrido. Algo nuevo ha ocurrido, y ha sido maravilloso. El imbécil de Paco pretendía chantajearme; ya no eran insinuaciones sino amenazas descaradas. Le he esperado hasta la hora del cierre y he ido a su encuentro en la oscuridad. Un navajazo en el hígado y de cabeza al rio. En ese momento he sentido que mi vida adquiría sentido por primera vez. Mientras regresaba a casa en mi coche me sentía eufórico y excitado. He tenido que parar en un margen y desahogarme antes de continuar.

18 de octubre
He matado a otro ser humano. Tenía una apariencia similar a la mía cuando por las mañanas trabajo en el despacho y recibo a los periodistas o al editor: un tipo calvo, gordito, inofensivo. Era de madrugada; caminaba, con gabardina y cartera, por un sendero del parque, en dirección a la estación Central. Le he llamado desde los arbustos y al acudir le he clavado la navaja en la yugular. Ha caído pesadamente y se ha desangrado en pocos minutos. Entonces he sentido la necesidad imperiosa de orinar sobre su cuerpo.

25 de noviembre
Toda una vida disfrazado con fantasías de moralidad, tratando de escapar de la evidencia con ocupaciones supuestamente refinadas, sin más brújula que mi propio ego, ese objeto despreciable, tan ávido de elogios vacíos, tan ignorante de su verdadera pasión. Ahora sé lo que quiero. Son cuatro asesinatos ya. Cómo he gozado con ellos; cómo gozo recordándolos. Sin embargo, debo cambiar mi escenario, buscar un ámbito geográfico menos comprometedor; un país extranjero, tal vez. El poeta Bernaldo Font y todas sus mentiras se despide. Finalmente, la noche ha triunfado sobre día; el horror descarnado de mi naturaleza genuina impera por completo. Soy libre.

He dedicado jornadas enteras a comprobar la veracidad de estas confesiones y el resultado ha sido, en parte, consolador: Ni "La Cantina", ni el "Saint Jack" existen como tales; tampoco las fechas en que fueron cometidos los supuestos asesinatos se corresponden con sucesos similares, acaecidos en el entorno. No se encontró a un tal Paco flotando en el río con una herida de navaja, ni tampoco el cadáver de un hombre de negocios en el parque cercano a la estación Central, ni el resto de sucesos descritos coinciden con la crónica real.
Pero eso no demuestra que todo sea ficción. Los homicidios sin resolver abundan en nuestra gran ciudad, y no olvidemos que Font era escritor, creador de leyendas, inventor de nombres y lugares que pueden sustituir a otros verdaderos. Si acaso fue asesino, no fue tan cándido como para dejar un rastro provechoso para la justicia.
Y si todo fue invención, ¿qué significa ese intrincado descenso a los infiernos, donde un Bernaldo Font se devora a sí mismo y escupe a un ser tremendo, fabuloso, nocivo para el mundo de los vivos?.
El peso de este enigma me obliga a compartirlo.
 Sin embargo, más allá del lamento por el genio perdido, más allá de la irritante incógnita, se recuerdan sus versos. Con ellos quiero concluir esta divagación (porque llamarlo estudio es pretencioso). La cita - cuyo matiz profético me parece oportuno- corresponde a un fragmento del canto XIX de "La noche vertida", todavía inédita.

…y que al sentir tu vientre la presión
de un goce que no acaba,
la noche te devore como al hijo
de un espantoso dios que escupirá
los restos de tu alma.















 







                                                          








jueves, 24 de julio de 2014

EL DESDENTADO (recordando a Borges)




Lo insólito, lo extraordinario, no es patrimonio exclusivo de la ficción. Este relato contiene ese ingrediente y sin embargo se apoya únicamente en un viejo documento y en mi propia memoria. 

El suceso – aunque aquí la sucesión es discutible - comenzó para mí hace veinte años cuando sonó el teléfono, un sábado al mediodía. Pascual, compañero de oficina, por lo demás obtuso y mezquino personaje, me ofrecía un trato: “Mi tío abuelo Santiago se nos fue al otro barrio hace unos días y ha dejado libros y papelotes que quiero ventilar antes de vender su piso. He pensado en ti porque sé que te gustan estas cosas; a mi, en cambio, solo me sirven para juntar polvo. Acércate, hombre, aquí hay para dar y vender. Mejor lo segundo que lo primero, claro.”
Pasé la tarde rebuscando entre paquetes de Reader’s Digest y Best-sellers deslomados. Me supo mal por Pascual y separé una Biblia ilustrada con cierto gusto y un libro de cuentas que me llamó la atención por su encuadernación donde se detallaba el control administrativo de lo que debió ser una gran finca.
Los listados de material y las cifras poblaban sus páginas. De vez en cuando, un párrafo apretado hablaba de lindes, cosechas y escarcha;  todo escrito en tinta negra por alguien cuya mano debió ser torpe para ese cometido pero, sin duda, enérgica para otros menesteres. El último apunte está fechado a mediados de 1863.

“La Biblia te la dejo en veinticinco, el libraco te lo regalo. Creo que fue del abuelo del difunto que era terrateniente o algo así. De cuando la familia era respetable todavía. Del año de la kika, vamos”

Deposité el cuaderno en un estante accesible y en momentos de tedio frecuentaba su interior por el placer de imaginar al hombre, pluma en mano, un siglo atrás.

Con los años, la memoria se nos estrecha y tendemos a arrebujar los recuerdos, a engarzarlos sin transición. No sé cuanto tiempo pasó desde aquel sábado hasta el instante en que hallé la anotación. Ocupaba el cuarto inferior de una página y la caligrafía parecía más cuidada, aun siendo el mismo autor. Una fecha la encabezaba.
Transcribo desde el cuaderno, que todavía conservo:

“siete de abril –
Hoy se me antojó visitar al desdentado. Hay quien se desvive por pedirle
consejo, yo nunca lo había hecho. La cabaña la tiene más arriba de las peñas blancas. Le traigo cecina y un queso, él me ha dado vino. Al preguntarle yo, ha salido al fresco y me ha dicho cosas con los ojos en blanco dirigidos al sur. El viejo me ha anunciado la ruina de la cosecha, también rapiñas, guerra y miseria para lo que viene. Con un dedo ha hecho la señal de la cruz sobre mi pecho. Después se ha cobijado.”

Aquí finaliza la crónica y se reanuda la retahíla de sumas, medidas de grano y listas de aperos de labranza.  A las pocas páginas el cuaderno enmudece y las hojas restantes aparecen vacías, como si el desastre augurado se hubiera cumplido finalmente. Me sorprendió encontrar un episodio tan singular en un volumen de contenido tan áspero y sonreí pero no tardé en olvidar. A los pocos días me llamaron desde el hospital porque mi padre se moría.

La habitación de un agonizante tiene algo de sagrado, de sobrecogedor. Uno comparte con el enfermo esa antecámara de la eterna extinción y se siente pequeño e intruso, con ganas de ir a tomar un café, sumergirse en el tráfico o meterse en un cine. A veces pienso que es más sensato morir solo y no incomodar a los vivos con miradas vidriosas y estertores.

Llegué de madrugada al hospital; en la habitación oscura, mi padre era una silueta en la sombra y un jadeo nervioso. “Mejor así, mejor no verle”, pensé.
Pasó una hora en silencio y casi me dormía cuando un ataque de tos del moribundo me desveló bruscamente. Me sentí inútil y le susurré al oído: “¿quieres agua, papá?”. El viejo me reconoció y respondió con voz grave : “déjame dormir”. Y de nuevo la quietud, la oscuridad, la espera de un final inevitable. Sentí un silencio todavía más profundo y sospeché que mi padre había dejado de respirar. La irrupción de su voz me sobresaltó:

“¿Te hablé del desdentado?” – yo retuve el aliento y crispé mi mano contra el muslo para comprobar que no soñaba. “No, papá, nunca me hablaste”. Mi padre suspiró.
“El desdentado. Nunca le hablé a nadie de esto. Por vergüenza tal vez”
Me pareció que aquella voz llegaba desde una lugar lejano y tuve la convicción de que estaba escuchando sus últimas palabras.

“Cuando acabó la guerra pasé a Francia y, como tantos perdedores, fui a dar con mi macuto en un campo de internamiento cercano a la frontera cuyo nombre he olvidado. Era aquello un infierno de barracones sucios donde los prófugos del fascismo se hacinaban, malvivían y morían. Fueron meses muy duros, sin saber de los míos, separado de tu madre que ya te llevaba en el vientre. En un lugar así, siendo apenas un muchacho, me dio por escuchar las conversaciones de aquellos hombres tristes, agotados por tres años de guerra y tratados, finalmente, como escoria...”

Otro ataque de tos interrumpió el discurso y me hizo temer que la muerte robara el desenlace de la historia. Ya amanecía y empecé a distinguir aquel rostro gastado por el dolor. Su voz era más débil y acerqué mi oreja hasta sus labios.

“...le llamaban el viejo desdentado, o el desdentado a secas. Los hombres hablaban de él con sorna o con respeto pero siempre con el aliento del miedo en la voz. Averigüé donde dormía y me acerqué a su barracón en plena noche. Supo de mi intención, Dios sabe cómo, porque le hallé de pie junto a la entrada y al verme dijo: “¿Quieres saber?, escucha” . Habló poco, sin pausa, con voz nasal y monótona, los ojos en blanco miraban a la luna y al concluir dibujó el signo de la cruz en el centro de mi pecho. Se fue sin despedirse. Cuando llegué a mi camastro, temblaba en cuerpo y alma.”

De nuevo el silencio, el triste amanecer.  La presencia de la muerte era ahora más notoria y cuando el moribundo volvió a hablar, apenas le entendí. Algo pude rescatar, sin embargo, de aquel hilo de voz:

“Desgracias, sólo desgracias anunciaba su boca... la muerte de tu madre en el parto, el retorno a la patria, la prisión, la gigantesca guerra que devastaría Europa, mi tristeza constante, tu soledad, la extinción de mi sangre, ..”

Antes de morir pronunció el nombre de mi madre, o eso quise entender de aquel balbuceo.

                                                               **********

He pasado veinte años hurgando en el misterio. Mi mente - pobre péndulo cansado - encontró en el enigma dos posibles fisuras:  

En el primer dictamen, el azar aglutina idénticos factores en momentos históricos dispares: el vidente que auguró la desdicha al oscuro capataz no pudo ser el mismo que ochenta años después esperaba en la puerta del barracón la llegada de aquel pobre muchacho y, sin embargo, los dos eran oráculos atroces y certeros de similar aspecto y similar liturgia, demasiado alejados en el tiempo para conjeturar que fueran una misma persona. Fue el propio azar, también, quien me añadió a la trama.

Una segunda opción, espeluznante, contempla una sola entidad que atraviesa los siglos y anuncia cataclismos en lugares e instantes diferentes para advertir a los hombres sobre el futuro horror, personal o planetario. La figura que la voz de mi padre describe desde la oscuridad es entonces la misma que el anónimo autor anota en su dietario.

En las dos conclusiones anida lo insensato; no es menos increíble la remota probabilidad que la existencia de un profeta inmortal. Ambas visiones son sobrenaturales, ambas monstruosas.


La vejez me ha vuelto perezoso, ya no busco certezas.  Prefiero imaginar que escucharé algún día la voz del desdentado - ese es mi secreto temor, mi secreta esperanza – anunciando la hora de mi muerte, que no anda muy lejana.

martes, 22 de julio de 2014

RETAZOS

Al finalizar la función, el payaso encontró a su hijo en la entrada de la carpa. El payaso lo tomó en brazos.
- ¿Te ha gustado el espectáculo, hijo mío?
El payaso sintió un escalofrío cuando escuchó la respuesta del pequeño:
- Me ha gustado mucho, papá. Cuando sea mayor quiero ser como tú: asesino de tristezas.

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Uno de los soldados romanos que participó en la ejecución de Jesucristo y de los dos ladrones, solía explicar que mientras ascendían por el sendero que lleva a la cima del Gólgota comprendió, de pronto, que el Nazareno era inocente.
¿Qué hacer?, se preguntó. Y al instante halló la solución a su conflicto, pues consideró que el hombre que obra en contra de su conciencia, sometido por la obediencia a un superior injusto, es también una figura arquetípica en el universo, y tan lícita y necesaria como la del santo varón que iba a ser sacrificado.

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Ruben Zukerman, astrónomo de gran prestigio, se hallaba en su gabinete, estudiando el firmamento a través del telescopio, cuando descubrió un nuevo astro. Entendió que aquella estrella flotaba en los confines del universo y era, probablemente, el objeto más lejano que cualquier ojo humano hubiera podido contemplar; decidió, por tanto, asignarle un nombre apropiado. Justo en ese instante, la estridente voz de su mujer llegó a través del hueco de la escalera:
- ¡Rubén, maldita sea, si no bajas inmediatamente a cenar, le echaré tu cena a los perros…!
El astrónomo consideró que la nueva estrella se denominara Eliana, pues así se llamaba su esposa, y bajó a cenar, sonriente, reconfortado por la idea de que al menos una parte de aquel ser abominable se hallaba a una distancia considerable del planeta Tierra.

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Dos hombres se encontraron en el sendero que lleva a la eternidad. Uno de ellos había sido malvado y descreído de todo lo sagrado, pero tras una larga vida de vicio, se mostró arrepentido ante el clérigo y fue absuelto de todos sus pecados; se dirigía al paraíso de los justos con el salvoconducto apropiado. El otro había practicado la castidad y el ascetismo durante muchos años pero en un último instante de debilidad, el dolor físico le obligó a maldecir al Santísimo y se condenó; su credencial le asignaba al infierno. Ambos se relataron sus respectivas historias.
A medio camino, el condenado exclamó: "Mirad, allá tras esas cumbres se ven los destellos de la Gloria eterna", y el otro miró distraídamente en aquella dirección; momento que aprovechó el asceta para intercambiar los documentos que cada cual llevaba en los bolsillos.

Llegados a las puertas de la eternidad, cada cual fue destinado al lugar que constaba en los papeles. Y el asceta comprendió, mientras cruzaba el umbral del Cielo, que las obras de los hombres también ayudan a que se cumpla la justicia de Dios.