sábado, 9 de agosto de 2014

DIARIO DE BERNALDO FONT (recordando a Stevenson)



Sobre el destino final de nuestro poeta nacional Bernaldo Font, cuya ausencia sigue pesando como una losa sobre nuestro empobrecido universo literario, y sin ánimo  de prolongar las lisonjas – sinceras o no – que han estado lloviendo sobre el autor de “Borrascas” desde su extraña desaparición, a finales del pasado año; todavía unas palabras.
Dado que ya tuvo Font elogios de sobra durante los meses posteriores al suceso, considero que, llegados a este punto, el mejor homenaje es beber el nutritivo néctar que su pluma destila, y vivir, en silencio, su carencia.
Mi cometido no es alabar sino desentrañar – o al menos desbrozar mínimamente - el cómo y el por qué del suceso enigmático que desemboca en su inesperada huida, o muerte o transfiguración en puro recuerdo. Mi herramienta: las últimas páginas de un breve diario personal bastante deteriorado que su hermana, Serena Font - ya fallecida e ignorante de su contenido - cedió a la Universidad donde el ilustre poeta ejerció durante tres décadas.
El documento - para cuyo uso estoy autorizado - se divide en dos secciones; la primera, que abarca unos seis meses, contiene anotaciones diversas, referidas, en su mayor parte, a la elaboración y revisión de su inconclusa colección de poemas - "La noche vertida"-, actualmente en proceso de edición póstuma (?).
Con una frecuencia media de tres o cuatro días, hallamos entradas semejantes a la que inserto como ejemplo:

14 de abril.
Tengo mis dudas sobre el orden de los cantos XI y XII. El hecho de que el primero concluya con el verso "de la ardiente vereda, la añorada visión.", y que el siguiente se inicie con "dulce sueño que en un instante, antaño…", provoca que algo chirríe en mi interior. No me gusta el enlace entre uno y otro poema.
Si invertimos el orden, la cosa quedaría asi:
Final del canto XII: "Se volveran amargas las esquinas."
Inicio del canto XI: "Sin ti, la caricia dorada de la tarde…"
En realidad no sé si eso mejora o empeora la transición.

De un modo similar transcurren la mayoría de los apuntes - memoria más o menos detallada de un proceso creativo -, hasta que, a mediados de verano, Font altera por completo el estilo del dietario, registrando un hecho insólito:


23 de julio.
Esta mañana, mientras revisaba el canto XXVII ("No esperes más, si acaso aunque la vida…") levanté el rostro del papel durante un instante y descubrí a un tipo enclaustrado en el interior del espejo que hay frente a la mesa del despacho. Era yo. De pronto, sentí lástima por aquel hombre calvo y mofletudo, de mirada estúpida y pose altiva.
Intenté redirigir mi concentración hacia el poema, pero fue inútil; otra vez mis ojos se buscaban a sí mismos. De nuevo la sensación de ridículo, de vergüenza. Volví al poema y sólo pude ver palabras ordenadas.
He pasado la tarde bostezando frente al televisor.
Esta curiosa anotación marcaría el inicio de la segunda sección del diario, que abarca desde esta fecha hasta finales de noviembre, cuando Font interrumpe su crónica y desaparece.
El proceso de transformación, según se desprende de lo que el poeta dejó escrito, debió de ser notable, y sin embargo, mantuvo Font el orden de sus ocupaciones cotidianas, y supo ocultar al mundo lo que pareciera una súbita tormenta interior.
Al respecto, añado un comentario de Julio Cuesta, su editor y amigo íntimo:

Bernaldo siempre fue reservado, incluso con los más allegados. En los meses previos a su volatilización no dejó de ser el mismo Bernaldo Font de siempre. Un poco más ausente, quizás, en las conversaciones; un poco más cansado y ojeroso, pero nada como para alarmarse. Recuerdo, eso sí, un episodio singular: le llamé por teléfono más temprano de lo habitual porque necesitaba un dato con urgencia. Me contestó una voz cavernosa, casi desconocida. Yo le consultaba sobre la maquetación de cierto poema; esperé su respuesta,  y tras un largo silencio, susurró antes de colgar: "quémalo todo". Esa misma mañana me llamó al despacho y me explicó, con jovialidad, que no era él sino su alter ego quien me había hablado. Bromeamos. No recuerdo ningún otro incidente similar.
El testimonio de Cuesta constituye el único indicio - suficientemente inquietante, sin embargo - de la peculiar metamorfosis del poeta.

¿Qué ocurrió pues para que este catedrático ejemplar, mago de la palabra escrita, constructor de universos, columnista brillante y artista indiscutible, plasmara sobre las páginas de su diario tales monstruosidades durante los últimos meses de vida conocida?. ¿Es real lo que explica o solo un ejercicio de su oficio? ¿Pudo una celebridad como él, respetado en todos los ámbitos sociales, sumergirse en el fango hasta tal punto y salir indemne antes de desvanecerse?

Traslado aquí algunos retazos de este oscuro memorial; su artífice fue un hombre desdichado, o enfermo, o loco, o acaso únicamente quiso jugar a ser lo que no era y jugó, de este modo, con el posible lector.

30 de julio
Ya tengo el peluquín. Ha llegado esta mañana por correo privado. Tenía mis dudas porque en la pantalla todo se ve bonito pero la verdad es que me sienta bien. Es el típico peluquín de pelo grueso y marrón que evidencia su condición apócrifa y destaca aún más la calvicie que pretende encubrir. Ay, que ganas tengo de ponérmelo esta noche. Esperaré a una hora avanzada y me escabulliré por la puerta trasera, la que hay junto al cobertizo. Mientras llega ese momento, miraré el programa de Luz Melero; es una borde que no sabe hacer la o con un canuto pero tiene un culo increíble. Me pregunto que se debe sentir al hacerlo con un culo fantástico, sabiendo que ese culo pertenece a una imbécil. Ya me excito solo de pensarlo.

2 de agosto
Vaya noche. Mientras trabajaba en el despacho, durante la mañana, no he podido evitar que mi mano se deslizara hasta la bragueta cuando pensaba en cierta señorita, aunque no he llegado a abrir la cremallera. La cosa fue rodada: me puse el peluquín y el chaquetón de cuero y salí a la autovía, a toda leche. Me metí en el primer club de carretera que encontré; "La cantina", se llama: cinco mamarrachos apoyados en la barra y tres putas flirteando con desgana. Me fijé en la más joven, una mulata teñida de rubio que no paraba de canturrear. Menuda furcia. Me tomé dos whiskies y subimos arriba. La verdad es que cualquier puta de carretera folla mejor que cualquiera de las cultas damas con las que he tenido algún affaire. Me gustaría verlas a todas tras la barra, intentado conversar de temas refinados con los clientes. Son peores que las peores putas… las odio a ellas y a todo el universo que representan.

6 de agosto
No conocía la cocaína. Creo que va a ser mi droga, pero debo controlarme. Esta noche, antes de salir, me he metido dos rayas y he mirado la tele. Ese culo de la Melero me ha puesto como una moto y cuando salía de casa ya no me quedaba mucha energía. Tengo que reservar cartuchos para las salidas nocturnas. Esta vez he ido más allá en mis incursiones. Uno se va metiendo en  la noche y se descubren cosas…El "Saint Jack", junto al rio, es increíble; hay para todos los gustos. Me he llevado a una pareja en mi coche; el chico no tenía más de 16 años, aunque aparentaba más; la chica era toda una especialista en tríos. Hemos ido hasta el bosque, junto a los suburbios. Me he puesto morado. Con la coca, además, me ha dado por ponerme violento y eso le ha gustado a la chica. Vaya puta…

15 de agosto
Me estoy pasando, lo sé, pero es preciso que así sea. Paco, el camarero del "Saint Jack", me consiguió una dirección que ha resultado ser una mina; es sorprendente que se encuentren lugares así en el corazón de nuestra civilizada metrópoli. La cosa funciona de este modo: el encargado del tinglado dirige un equipo que recluta menores en los suburbios; todo muy discreto, todo muy legal, digamos. El cuartel general es un piso de lujo por donde transitan niños de todas las edades que sus papás han cedido en alquiler: un negocio redondo. Como es natural, me he aficionado mucho a este remanso de felicidad. De todos modos, siempre remato la jornada con una visita a los puticlubs de carretera. Siento que mi lujuria es insaciable.

3 de septiembre
Me aburro un poco. La vorágine cotidiana ya me tiene frito. Además, aunque dispongo de recursos, me fastidia pagar tanto dinero para obtener placer. Quiero disfrutar sin dar nada a cambio. Esta noche me quedaré en casa, beberé cerveza y homenajearé el culo de Luz Melero.

4 de septiembre
Pretendía quedarme en casa… que estupidez; eso ya es imposible para mí. Necesito la noche para ensanchar mi alma, extender mis alas de rapaz y sujetar las presas en mis garras antes de devorarlas. Pero quiero más, cada vez más…

12 de octubre
Paco, el camarero del "Saint Jack", me está empezando a tocar los huevos. Cada vez que le pido una copa me suelta: "enseguida, académico" o "ahora mismo, Sr. catedrático". Aparentemente se hace el gracioso conmigo, pero yo sé lo que busca. Tal vez se encuentre con una sorpresa.

15  de octubre
Ha ocurrido. Algo nuevo ha ocurrido, y ha sido maravilloso. El imbécil de Paco pretendía chantajearme; ya no eran insinuaciones sino amenazas descaradas. Le he esperado hasta la hora del cierre y he ido a su encuentro en la oscuridad. Un navajazo en el hígado y de cabeza al rio. En ese momento he sentido que mi vida adquiría sentido por primera vez. Mientras regresaba a casa en mi coche me sentía eufórico y excitado. He tenido que parar en un margen y desahogarme antes de continuar.

18 de octubre
He matado a otro ser humano. Tenía una apariencia similar a la mía cuando por las mañanas trabajo en el despacho y recibo a los periodistas o al editor: un tipo calvo, gordito, inofensivo. Era de madrugada; caminaba, con gabardina y cartera, por un sendero del parque, en dirección a la estación Central. Le he llamado desde los arbustos y al acudir le he clavado la navaja en la yugular. Ha caído pesadamente y se ha desangrado en pocos minutos. Entonces he sentido la necesidad imperiosa de orinar sobre su cuerpo.

25 de noviembre
Toda una vida disfrazado con fantasías de moralidad, tratando de escapar de la evidencia con ocupaciones supuestamente refinadas, sin más brújula que mi propio ego, ese objeto despreciable, tan ávido de elogios vacíos, tan ignorante de su verdadera pasión. Ahora sé lo que quiero. Son cuatro asesinatos ya. Cómo he gozado con ellos; cómo gozo recordándolos. Sin embargo, debo cambiar mi escenario, buscar un ámbito geográfico menos comprometedor; un país extranjero, tal vez. El poeta Bernaldo Font y todas sus mentiras se despide. Finalmente, la noche ha triunfado sobre día; el horror descarnado de mi naturaleza genuina impera por completo. Soy libre.

He dedicado jornadas enteras a comprobar la veracidad de estas confesiones y el resultado ha sido, en parte, consolador: Ni "La Cantina", ni el "Saint Jack" existen como tales; tampoco las fechas en que fueron cometidos los supuestos asesinatos se corresponden con sucesos similares, acaecidos en el entorno. No se encontró a un tal Paco flotando en el río con una herida de navaja, ni tampoco el cadáver de un hombre de negocios en el parque cercano a la estación Central, ni el resto de sucesos descritos coinciden con la crónica real.
Pero eso no demuestra que todo sea ficción. Los homicidios sin resolver abundan en nuestra gran ciudad, y no olvidemos que Font era escritor, creador de leyendas, inventor de nombres y lugares que pueden sustituir a otros verdaderos. Si acaso fue asesino, no fue tan cándido como para dejar un rastro provechoso para la justicia.
Y si todo fue invención, ¿qué significa ese intrincado descenso a los infiernos, donde un Bernaldo Font se devora a sí mismo y escupe a un ser tremendo, fabuloso, nocivo para el mundo de los vivos?.
El peso de este enigma me obliga a compartirlo.
 Sin embargo, más allá del lamento por el genio perdido, más allá de la irritante incógnita, se recuerdan sus versos. Con ellos quiero concluir esta divagación (porque llamarlo estudio es pretencioso). La cita - cuyo matiz profético me parece oportuno- corresponde a un fragmento del canto XIX de "La noche vertida", todavía inédita.

…y que al sentir tu vientre la presión
de un goce que no acaba,
la noche te devore como al hijo
de un espantoso dios que escupirá
los restos de tu alma.















 







                                                          








jueves, 24 de julio de 2014

EL DESDENTADO (recordando a Borges)




Lo insólito, lo extraordinario, no es patrimonio exclusivo de la ficción. Este relato contiene ese ingrediente y sin embargo se apoya únicamente en un viejo documento y en mi propia memoria. 

El suceso – aunque aquí la sucesión es discutible - comenzó para mí hace veinte años cuando sonó el teléfono, un sábado al mediodía. Pascual, compañero de oficina, por lo demás obtuso y mezquino personaje, me ofrecía un trato: “Mi tío abuelo Santiago se nos fue al otro barrio hace unos días y ha dejado libros y papelotes que quiero ventilar antes de vender su piso. He pensado en ti porque sé que te gustan estas cosas; a mi, en cambio, solo me sirven para juntar polvo. Acércate, hombre, aquí hay para dar y vender. Mejor lo segundo que lo primero, claro.”
Pasé la tarde rebuscando entre paquetes de Reader’s Digest y Best-sellers deslomados. Me supo mal por Pascual y separé una Biblia ilustrada con cierto gusto y un libro de cuentas que me llamó la atención por su encuadernación donde se detallaba el control administrativo de lo que debió ser una gran finca.
Los listados de material y las cifras poblaban sus páginas. De vez en cuando, un párrafo apretado hablaba de lindes, cosechas y escarcha;  todo escrito en tinta negra por alguien cuya mano debió ser torpe para ese cometido pero, sin duda, enérgica para otros menesteres. El último apunte está fechado a mediados de 1863.

“La Biblia te la dejo en veinticinco, el libraco te lo regalo. Creo que fue del abuelo del difunto que era terrateniente o algo así. De cuando la familia era respetable todavía. Del año de la kika, vamos”

Deposité el cuaderno en un estante accesible y en momentos de tedio frecuentaba su interior por el placer de imaginar al hombre, pluma en mano, un siglo atrás.

Con los años, la memoria se nos estrecha y tendemos a arrebujar los recuerdos, a engarzarlos sin transición. No sé cuanto tiempo pasó desde aquel sábado hasta el instante en que hallé la anotación. Ocupaba el cuarto inferior de una página y la caligrafía parecía más cuidada, aun siendo el mismo autor. Una fecha la encabezaba.
Transcribo desde el cuaderno, que todavía conservo:

“siete de abril –
Hoy se me antojó visitar al desdentado. Hay quien se desvive por pedirle
consejo, yo nunca lo había hecho. La cabaña la tiene más arriba de las peñas blancas. Le traigo cecina y un queso, él me ha dado vino. Al preguntarle yo, ha salido al fresco y me ha dicho cosas con los ojos en blanco dirigidos al sur. El viejo me ha anunciado la ruina de la cosecha, también rapiñas, guerra y miseria para lo que viene. Con un dedo ha hecho la señal de la cruz sobre mi pecho. Después se ha cobijado.”

Aquí finaliza la crónica y se reanuda la retahíla de sumas, medidas de grano y listas de aperos de labranza.  A las pocas páginas el cuaderno enmudece y las hojas restantes aparecen vacías, como si el desastre augurado se hubiera cumplido finalmente. Me sorprendió encontrar un episodio tan singular en un volumen de contenido tan áspero y sonreí pero no tardé en olvidar. A los pocos días me llamaron desde el hospital porque mi padre se moría.

La habitación de un agonizante tiene algo de sagrado, de sobrecogedor. Uno comparte con el enfermo esa antecámara de la eterna extinción y se siente pequeño e intruso, con ganas de ir a tomar un café, sumergirse en el tráfico o meterse en un cine. A veces pienso que es más sensato morir solo y no incomodar a los vivos con miradas vidriosas y estertores.

Llegué de madrugada al hospital; en la habitación oscura, mi padre era una silueta en la sombra y un jadeo nervioso. “Mejor así, mejor no verle”, pensé.
Pasó una hora en silencio y casi me dormía cuando un ataque de tos del moribundo me desveló bruscamente. Me sentí inútil y le susurré al oído: “¿quieres agua, papá?”. El viejo me reconoció y respondió con voz grave : “déjame dormir”. Y de nuevo la quietud, la oscuridad, la espera de un final inevitable. Sentí un silencio todavía más profundo y sospeché que mi padre había dejado de respirar. La irrupción de su voz me sobresaltó:

“¿Te hablé del desdentado?” – yo retuve el aliento y crispé mi mano contra el muslo para comprobar que no soñaba. “No, papá, nunca me hablaste”. Mi padre suspiró.
“El desdentado. Nunca le hablé a nadie de esto. Por vergüenza tal vez”
Me pareció que aquella voz llegaba desde una lugar lejano y tuve la convicción de que estaba escuchando sus últimas palabras.

“Cuando acabó la guerra pasé a Francia y, como tantos perdedores, fui a dar con mi macuto en un campo de internamiento cercano a la frontera cuyo nombre he olvidado. Era aquello un infierno de barracones sucios donde los prófugos del fascismo se hacinaban, malvivían y morían. Fueron meses muy duros, sin saber de los míos, separado de tu madre que ya te llevaba en el vientre. En un lugar así, siendo apenas un muchacho, me dio por escuchar las conversaciones de aquellos hombres tristes, agotados por tres años de guerra y tratados, finalmente, como escoria...”

Otro ataque de tos interrumpió el discurso y me hizo temer que la muerte robara el desenlace de la historia. Ya amanecía y empecé a distinguir aquel rostro gastado por el dolor. Su voz era más débil y acerqué mi oreja hasta sus labios.

“...le llamaban el viejo desdentado, o el desdentado a secas. Los hombres hablaban de él con sorna o con respeto pero siempre con el aliento del miedo en la voz. Averigüé donde dormía y me acerqué a su barracón en plena noche. Supo de mi intención, Dios sabe cómo, porque le hallé de pie junto a la entrada y al verme dijo: “¿Quieres saber?, escucha” . Habló poco, sin pausa, con voz nasal y monótona, los ojos en blanco miraban a la luna y al concluir dibujó el signo de la cruz en el centro de mi pecho. Se fue sin despedirse. Cuando llegué a mi camastro, temblaba en cuerpo y alma.”

De nuevo el silencio, el triste amanecer.  La presencia de la muerte era ahora más notoria y cuando el moribundo volvió a hablar, apenas le entendí. Algo pude rescatar, sin embargo, de aquel hilo de voz:

“Desgracias, sólo desgracias anunciaba su boca... la muerte de tu madre en el parto, el retorno a la patria, la prisión, la gigantesca guerra que devastaría Europa, mi tristeza constante, tu soledad, la extinción de mi sangre, ..”

Antes de morir pronunció el nombre de mi madre, o eso quise entender de aquel balbuceo.

                                                               **********

He pasado veinte años hurgando en el misterio. Mi mente - pobre péndulo cansado - encontró en el enigma dos posibles fisuras:  

En el primer dictamen, el azar aglutina idénticos factores en momentos históricos dispares: el vidente que auguró la desdicha al oscuro capataz no pudo ser el mismo que ochenta años después esperaba en la puerta del barracón la llegada de aquel pobre muchacho y, sin embargo, los dos eran oráculos atroces y certeros de similar aspecto y similar liturgia, demasiado alejados en el tiempo para conjeturar que fueran una misma persona. Fue el propio azar, también, quien me añadió a la trama.

Una segunda opción, espeluznante, contempla una sola entidad que atraviesa los siglos y anuncia cataclismos en lugares e instantes diferentes para advertir a los hombres sobre el futuro horror, personal o planetario. La figura que la voz de mi padre describe desde la oscuridad es entonces la misma que el anónimo autor anota en su dietario.

En las dos conclusiones anida lo insensato; no es menos increíble la remota probabilidad que la existencia de un profeta inmortal. Ambas visiones son sobrenaturales, ambas monstruosas.


La vejez me ha vuelto perezoso, ya no busco certezas.  Prefiero imaginar que escucharé algún día la voz del desdentado - ese es mi secreto temor, mi secreta esperanza – anunciando la hora de mi muerte, que no anda muy lejana.

martes, 22 de julio de 2014

RETAZOS

Al finalizar la función, el payaso encontró a su hijo en la entrada de la carpa. El payaso lo tomó en brazos.
- ¿Te ha gustado el espectáculo, hijo mío?
El payaso sintió un escalofrío cuando escuchó la respuesta del pequeño:
- Me ha gustado mucho, papá. Cuando sea mayor quiero ser como tú: asesino de tristezas.

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Uno de los soldados romanos que participó en la ejecución de Jesucristo y de los dos ladrones, solía explicar que mientras ascendían por el sendero que lleva a la cima del Gólgota comprendió, de pronto, que el Nazareno era inocente.
¿Qué hacer?, se preguntó. Y al instante halló la solución a su conflicto, pues consideró que el hombre que obra en contra de su conciencia, sometido por la obediencia a un superior injusto, es también una figura arquetípica en el universo, y tan lícita y necesaria como la del santo varón que iba a ser sacrificado.

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Ruben Zukerman, astrónomo de gran prestigio, se hallaba en su gabinete, estudiando el firmamento a través del telescopio, cuando descubrió un nuevo astro. Entendió que aquella estrella flotaba en los confines del universo y era, probablemente, el objeto más lejano que cualquier ojo humano hubiera podido contemplar; decidió, por tanto, asignarle un nombre apropiado. Justo en ese instante, la estridente voz de su mujer llegó a través del hueco de la escalera:
- ¡Rubén, maldita sea, si no bajas inmediatamente a cenar, le echaré tu cena a los perros…!
El astrónomo consideró que la nueva estrella se denominara Eliana, pues así se llamaba su esposa, y bajó a cenar, sonriente, reconfortado por la idea de que al menos una parte de aquel ser abominable se hallaba a una distancia considerable del planeta Tierra.

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Dos hombres se encontraron en el sendero que lleva a la eternidad. Uno de ellos había sido malvado y descreído de todo lo sagrado, pero tras una larga vida de vicio, se mostró arrepentido ante el clérigo y fue absuelto de todos sus pecados; se dirigía al paraíso de los justos con el salvoconducto apropiado. El otro había practicado la castidad y el ascetismo durante muchos años pero en un último instante de debilidad, el dolor físico le obligó a maldecir al Santísimo y se condenó; su credencial le asignaba al infierno. Ambos se relataron sus respectivas historias.
A medio camino, el condenado exclamó: "Mirad, allá tras esas cumbres se ven los destellos de la Gloria eterna", y el otro miró distraídamente en aquella dirección; momento que aprovechó el asceta para intercambiar los documentos que cada cual llevaba en los bolsillos.

Llegados a las puertas de la eternidad, cada cual fue destinado al lugar que constaba en los papeles. Y el asceta comprendió, mientras cruzaba el umbral del Cielo, que las obras de los hombres también ayudan a que se cumpla la justicia de Dios.

DOCTOR PIZARRO

Como cada viernes, el doctor Pizarro abrió la puerta del despacho a las nueve y quince de la mañana. Disponía de cinco minutos para acomodarse y diez minutos más para revisar los historiales de los pacientes que iba a recibir. A las nueve y media comenzaban las sesiones.
Ignacio Pizarro, doctorado en neurología y psiquiatría por la Universidad de Deusto y director adjunto de la Clínica San Blas, dedicaba la mañana de los viernes a revisar a los pacientes ingresados cuya patología requiriera un seguimiento más directo - casos publicables, los llamaba él - y cuyo tratamiento se resistía a ceder a sus colegas. Aquellas perlas no debían caer en manos inexpertas, se decía. Y de ese modo disfrazaba su soberbia con un alto sentido de la responsabilidad.
El doctor Pizarro se arrellanó en la butaca y contempló el microcosmos desplegado sobre la mesa de roble: la pila de historiales, el cubilete con lápices perfectamente afilados, el almanaque, un par de volúmenes encuadernados en piel y el portarretratos enmarcando a su esposa y a sus dos hijos adolescentes. Al mirar la foto de familia, sintió una ligera punzada en el testículo izquierdo y recordó que la víspera - los jueves y sábados noche estaban reservados al sexo conyugal - su mujer se había declarado indispuesta cuando quiso acariciarla. Al Dr. Pizarro le incomodaba el regusto amargo del deseo insatisfecho; lo consideraba nocivo para el buen desarrollo de toda labor profesional.
Hijo de un coronel de la Benemérita, Pizarro había elegido la psiquiatría a modo de instrumento para reparar las piezas defectuosas del entramado social; piezas que, una vez restauradas, podían ser recolocadas apropiadamente en la maquinaria. Si Pizarro padre había intentado proteger el frágil equilibrio de este universo nuestro con pistola y tricornio, Pizarro hijo lo hacía con bata blanca, perspicacia y disciplina. Ambos creían luchar contra el caos, ambos eran taciturnos, ambos desdichados.
El coronel Pizarro murió consumido por el Alzheimer en el mismo hospital que ahora dirigía su hijo. Por entonces - veinte años atrás - el suceso reforzó en el joven residente la convicción de que el enemigo del ser humano - el maligno, en términos teológicos - es lo irracional, lo no mesurable, todo aquello, en fin, que desordena las conductas y nos avoca a la confusión; el prototipo de mente perfecta debería estar libre de tales fantasmas. En ocasiones - su padre era un ejemplo - la invasión del horror era inesperada e inevitable; otras veces, sin embargo, era posible defenderse y vencer. El Dr. Pizarro se consideraba a sí mismo un combatiente honesto y eficaz. Por lo demás, desconfiaba del arte, del alcohol, de las mujeres y, por supuesto, de la religión.
Cuando llamaron a la puerta, la jaqueca inoportuna de su esposa - circunstancia demasiado reiterada en los últimos meses - todavía le ocupaba el pensamiento.
- Aquí se lo dejo, doctor. Si me necesita, estoy afuera, en el pasillo.
El auxiliar cerró la puerta y el doctor quedó a solas con el paciente.
Por ser la primera visita de aquel enfermo recién ingresado, Pizarro tenía fresco el historial: Genaro Fuentes, 43 años, licenciado en ciencias químicas, doctor en filología hispánica y filosofía, interino en un instituto de secundaria donde daba clases de literatura desde hacía cuatro años. Soltero. Hernia discal. Trastornos maniaco depresivos desde la adolescencia con episodios psicóticos en los últimos meses. Dos intentos de suicidio y varias denuncias por agresión. Ingreso en la clínica por dictamen judicial tras armar un escándalo en el aula (al parecer, había golpeado a una muchacha por negarse a adorar una imagen supuestamente sagrada que, por cierto, solo él podía ver, y los alumnos habían acudido en defensa de su compañera). Terapia de mantenimiento con diazepam y neurolépticos.
Según el último informe, Genaro persistía en sus delirios.
El Dr. Pizarro, que esperaba a un intelectual desmañado, de mirada vidriosa y gestos ampulosos, halló frente a sí a un hombrecillo enjuto, apocado y sonriente que examinaba el entorno con ojos infantiles.
Poco amante de los rodeos, consciente de que aquel tipo con aspecto de conserje no había obtenido las tres licenciaturas en una tómbola, el doctor disparó sin más preámbulos:
- A ver, Genaro, siéntese. ¿Qué es eso de las apariciones?
- Qué mesa más bonita, doctor, ¿es haya o roble? - sorprendentemente, una profunda voz de barítono surgió de aquel cuerpo esmirriado.
- Roble. Ahora hábleme de la Virgen. - Pizarro acorralaba por sistema a los pacientes, como el otro Pizarro, el padre, hiciera con gitanos y contrabandistas.
-No está aquí ahora, doctor, - Genaro alzó la cabeza y miró al techo, sonriendo - pero no anda lejos.
- ¿Desde cuándo ocurre eso, Genaro?, ¿desde cuándo se le aparece?
Genaro se levantó de la silla, respiró hondo y juntó la palma de las manos en gesto de oración. Pizarro miró al paciente con el desafecto de su profesionalidad curtida y anotó algo en un cuadernillo.
- Ay… ella es la reina del cielo, la santa presencia que ensancha mi alma…
- ¿Y qué aspecto tiene, es guapa? - el doctor Pizarro sabía que el paso de lo abstracto a lo concreto descolocaba momentáneamente a ciertos pacientes psicóticos. Genaro reaccionó, sin embargo, de modo inesperado: dejó de sonreír, frunció el ceño y se sentó de nuevo, con gesto enérgico.
- Voy a decirle que aspecto tiene - con la mirada fija en el doctor, parecía asumir con gravedad la enorme responsabilidad de tamaña descripción.
Se sucedió entonces un interminable monólogo cargado de abarrocados detalles sobre la figura, la indumentaria, la voz y demás atributos de la Santa Madre de Dios; semblanza que Genaro había ido atesorando durante las visitas con que le obsequiara la insigne Señora.
El retrato duró unos veinte minutos y el Dr. Pizarro se aburrió bastante, pero consideró prudente no interrumpir al visionario y se limitó a tomar algunas notas. Al fin y al cabo es la primera sesión, ya cabrán interrogatorios en futuros encuentros, pensó mientras miraba el reloj.
En el momento de la despedida, encajadas las manos, Pizarro sonrió al paciente:
- Nos vemos la semana próxima, Genaro. Cuídese y no haga tonterías.
- Gracias doctor, este despacho me gusta mucho y además…
De repente, una súbita presión en la mano sorprendió al Dr. Pizarro. Genaro le miraba con expresión arrebatada, clavándole los ojos. Cuando habló, las palabras surgieron de su boca con la solemnidad de un oráculo:
- La Inmaculada Madre de Dios me visitó anoche y me encargó un mensaje para usted (aquí Genaro encorvó la espalda y convirtió su voz en un susurro): "Hijo mío, tu esposa no sufre dolencias de cabeza sino de corazón, pues su aflicción es tu frialdad, tu desamor. Pronto verás vacía la casa donde vives pues ella buscará consuelo en otros brazos. Ahora prepárate para el llanto, hijo mío."
Genaro enderezó bruscamente el rostro y miró en rededor, como si despertara del sueño en un lugar extraño. - ¿He dicho algo inconveniente, doctor? A veces no recuerdo mis propias palabras… Adiós, doctor, gracias, doctor.
Ignacio Pizarro, doctor en psiquiatría, permaneció inmóvil ante la puerta cerrada, sumergido en una espesa niebla de perplejidad. Brotó de la memoria el rostro demacrado de su padre, atado con correas a la cama del hospital, poco antes de morir balbuceando incoherencias.
El pobre doctor se dejó atravesar por un escalofrío, y aquel sólido edificio interior que constituía su carácter y sus convicciones se tambaleó durante unos instantes.  Consideró que lo irracional, lo oscuro, lo inclasificable, tomaba miles de formas, - a semejanza del demonio medieval - mezclando verdad y mentira para así dominar al hombre.
Venceré, se dijo temblando, sin saber muy bien a qué se refería.
Aquella noche, el doctor Pizarro se mantuvo despierto en la cama, con la mirada fija en la espalda de su mujer.






DECLARACIÓN ANTE EL JUEZ DE INSTRUCCIÓN (Un western crepuscular)



Si, señoría,  lo que usted diga. Se lo cuento en dos patadas, pero el de los manguitos habrá de espabilar si quiere pillarlo todo por escrito porque yo hablo deprisa y sin mucho refinamiento.
Serian sobre las tres de la tarde cuando llegué a Greatfalls. Salvo algún animal amarrado, afuera no se veía  un alma; solo viento y polvo atravesando la calle central.  Bonito nombre  - Greatfalls - para un villorrio  en la pradera achicharrada por el sol, sin más agua que la de un viejo pozo medio derruido. Conté, en total, catorce casas, incluyendo dos graneros y un almacén. El saloon – por llamarlo de alguna manera - es el segundo edificio, si uno llega desde el sur. Allí até a mi yegua junto a un jamelgo muy flaco con montura mejicana que parecía hambriento y me disgusté mucho al descubrir que la pobre bestia tenía cicatrices de espuela en los flancos.
Sobre la puerta de entrada colgaba el cartel: “No negros, no indios”. Yo no sé leer ni escribir, señoría, pero ese letrero lo veo a menudo en los salones y almacenes de Texas y uno acaba aprendiéndose las letras.
Adentro era como boca de lobo y apestaba - con su permiso, señoría - a orines y a estiércol. Un pasillo estrecho y resbaladizo desembocaba en una estancia sin ventilación donde apenas cabían dos mesas; las paredes, negras por el humo y la mugre, exhibían, como única decoración, el retrato  del general Lee suspendido de un clavo tras el mostrador y al fondo de la pieza, en la oscuridad,  se adivinaban unos peldaños que llevaban al piso de arriba. Yo, que en mis años como alguacil he pisado las peores cantinas, no recuerdo haber visto jamás un antro semejante a aquel, y eso que…
Si señoría, lo siento, no me extiendo más y voy al grano.
El caso es que de algún rincón oscuro salió el dueño de aquella covacha: un tipo gordo, con un delantal sucio, que portaba un rifle a modo de bastón. Era evidente que estaba como una cuba.  Ni se dignó saludar; me miró con cara de sapo y me dijo: "Quítate el sombrero" y señaló con la cabeza el retrato del general. "Descúbrete, por respeto" insistió. Yo - con su permiso señoría - envié a la mierda a aquel chiflado y me identifiqué como agente federal. El individuo miró la estrella de cinco puntas como quien mira una patata, se metió tras el mostrador y se puso a fregar el mármol con un trapo pringoso.
Entonces, señoría, yo me puse un poco nervioso porque no me gusta que se me trate mal, sobre todo cuando vengo cansado y hambriento y con mala leche acumulada, señoría.  Agarré al gordo por la oreja, como si fuera un crío, y le metí el cañón del Colt en la boca pero - se lo juro señoría - el hombre estaba tan borracho que ni se enteró. "Por respeto al general…." balbuceaba todavía con la boca llena. Entonces me acerqué a su cara, le susurré: "¿dónde está el mejicano?". y eché atrás el percutor con el pulgar. El ruidito debió despertarle porque de pronto me miró fijamente y, sin soltar palabra, dirigió los ojos hacia el techo. Le dije: “arriba, con una puta, ¿no es eso?”, y el gordo asintió.
Ahora, señoría, viene la parte más difícil de la historia porque puede parecer que me la invento pero la gente que me conoce sabe que yo no miento nunca, señoría, y menos con las cosas de la ley, que es lo que me da de comer. Además, cuando juré mi cargo con la mano en la Biblia…
Si, si, señoría, a eso voy, usted perdone.
Pues subí despacito hasta el piso de arriba, que, por cierto, estaba más oscuro que el de abajo y olía peor todavía. En el rellano había tres puertas y el mejicano se corría la juerga tras una de ellas. Pegué la oreja, empuñando el revólver, y pude oír como el mejicano… bueno, usted ya me entiende, señoría….Aunque era un tipo más bien discreto en la faena, porque apenas se escuchaba más que el ñigo-ñigo de la cama. Y eso que Jacinto, el mejicano, era un cabrón de tomo y lomo; me costó seis meses dar con él, y en ese intervalo ya se había llevado por delante a dos alguaciles y  a un predicador. El caso es que el sujeto era silencioso y en cambio, algunos buenos ciudadanos parecen gorilas furiosos cuando se ponen a cabalgar…
Perdone usted, señoría… era solo un comentario… Si, ya acabo.
Pues resultó que en el justo momento en que iba a entrar para detener a Jacinto, se me encendió una lumbre en la sesera. ¿Para qué recortarle el disfrute al mejicano – pensé – si a lo mejor es el último encuentro que tenga con un hembra, antes de que le cuelguen? Entonces apoyé la espalda en la puerta y me puse a liar un cigarrillo mientras esperaba a que Jacinto acabara la tarea.
Su señoría pensará, tal vez, que en ese momento me comporté como un flojo, pero aquí, el que le habla, estuvo en Alaska cuando la locura del oro, ganó dos medallas al valor en la guerra civil, fue cazador de chinos fugitivos en el ferrocarril, prisionero de los cheyennes y en los últimos doce años un buen servidor de la ley. Jacinto iba a ser el décimo malhechor que entregara a la justicia.
No sé…puede ser que esos años de penalidades me hayan enseñado que todo hombre – aunque sea una carroña como esa - merece una pizca de felicidad. Yo creo, señoría, que no fue por blandura que me permití el gesto, sino por respeto hacia ese último instante de alegría para el mejicano. Además, a mí no me venía de cinco minutos.
Después pasó lo que ya saben: al mejicano le dio un síncope mientras montaba a la furcia; ésta se puso a chillar como un gorrino y cuando entré en la habitación le  encontré sobre la cama, tumbado boca arriba, con los ojos muy abiertos y el arma todavía bien levantada - si su señoría me permite la expresión - pero más seco que un bacalao.
Lo primero que pensé fue que el cabrón se me había escapado, que se había colado por el único lugar a través del cual yo no podía, de momento, perseguirle.  Pero no me arrepentí; y aunque lo que hice vaya contra el reglamento, volvería a hacerlo - con todos mis respetos, señoría - si se presentara la ocasión.
Y esa es toda la historia,

Solo añadir -con su permiso, señoría – que si se resuelve llevarme a juicio por esta falta, sería gracioso que me juzgara el mismo juez que hubiera debido sentenciar a Jacinto por todos sus crímenes. En ese caso, me quedaría el consuelo de saber que otro tribunal, más alto, ya habrá sentenciado al mejicano para toda la eternidad.

ALBUM ROTO


Yo tenía diez años. Nos mudábamos a otra ciudad y mi abuela trasteaba, con la cabeza hundida en los armarios, separando los objetos útiles de aquellos que consideraba indignos de sobrevivir al traslado.
Recuerdo su figura encorvada, su furtivo ajetreo, completamente absorta en una criba febril que sentenciaba libros, revistas, carpetas del colegio, frascos vacíos, pañuelos amarillentos, bufandas apolilladas, y otros tantos fragmentos del pasado, mientras yo andaba curioseando entre cajas de cartón y muebles desmontados, hipnotizado por aquel desorden doméstico, tan desconocido para mí.
"Lleva eso a la basura", sin apartar la vista del fondo del armario, mi abuela señalaba un montículo de papelotes que se alzaba en un rincón. Me acerqué, estimulado por el goce infantil de sentirme útil, y abarqué, como pude, los despojos.
Camino de la cocina, abrazado a aquel revoltijo, descubrí ante mis ojos una estampa en colores, cargada con la textura onírica de los cromos antiguos: emergiendo de un turbio pantano, un diplodocus alzaba el cuello hacia una gigantesca bóveda de vegetación tropical mientras los reptiles voladores surcaban el firmamento violáceo en la lejanía.
El asombro me paralizó; solté la carga y me lancé sobre el desbarajuste derramado en el piso. De entre aquellos restos - semanarios, facturas, panfletos publicitarios, cuadernos de cálculo - aparté, borracho de incredulidad, un álbum de cromos rasgado en seis pedazos.
Durante casi un año - que en un niño es un siglo - había ido atesorando en aquel álbum con tapas de cartón, una espléndida colección de láminas, complementadas con breves textos explicativos. En total, ciento cincuenta rectángulos de papel que ilustraban el origen del cosmos, la generación de la vida sobre la Tierra, la irrupción y caída de los dinosaurios, la aparición del hombre. Tenaz como nunca lo había sido, y acaso como nunca lo sería, fui comprando los cromos en el kiosco y cambiando los repetidos en el patio del cole hasta lograr la colección completa; después, solemnemente, oculté mi tesoro.  En adelante, acudía con frecuencia al escondrijo para abismarme durante horas en aquellas ventanas a lo extraordinario.
Por eso aquella tarde, contemplando el universo despedazado que sembraba el suelo del pasillo, comprendí que en ese momento se iniciaba el viaje hacia un horizonte oscuro e indefinido. Desde entonces, la visión primordial del álbum roto, ha seguido vigente, flotando como un palio sobre el curso del tiempo, arañándome el alma en momentos precisos de mi vida. La traición, la amargura, la muerte del amigo, las terribles heridas del amor, las mil caras, en fin, de la desdicha, que han surgido a lo largo del camino, se transmutan en la imagen de un niño llorando frente un montón de cromos desgarrados, infinitamente desconsolado ante lo irreparable.
Los años, curiosamente, han avivado el recuerdo de aquellas soberbias páginas que alumbraron el estrecho sendero de mi infancia. En un sueño pueril que a veces me concedo, recupero indemne el álbum legendario y me fundo con él en un paisaje arcaico, remoto, ubicado en los inicios de la Creación.

Mi abuela, por cierto, jamás se disculpó.

lunes, 21 de julio de 2014

REVELACIONES



Hace un par de años, mi esposa se empeñó en alquilar un apartamento en la Costa Brava, uno de esos cubículos encastados en colmenas de cemento donde una muchedumbre pretende convencerse de que disfruta de unas merecidas vacaciones. Mientras mi mujer dejaba caer las horas repantingada sobre la arena o curioseando en las tiendas de souvenirs, yo dedicaba todos mis esfuerzos a la penosa tarea de sobrevivir al aburrimiento; al cabo de tres días me vi obligado a configurar un programa para administrar mi tiempo y no sucumbir al hastío. Mi jornada comenzaba temprano y se fundamentaba en las tres actividades que más aprecio: leer, cocinar y beber alcohol moderadamente. Fue precisamente en la terraza del bar donde conocí a Piotr, un polaco de edad imprecisa, desmañado y sonriente, que ayudaba a servir en las mesas durante el aperitivo. El sol daba con fuerza a esa hora y el toldo protegía la mesa donde me había instalado para saborear el vermut y releer pausadamente una edición de "Lord Jim" que conservaba desde la adolescencia. 
El tal Piotr colocó el platito de aceitunas junto al vaso y se plantó ante mí con la bandeja apoyada sobre el delantal.  "Este bueno, pero otro mejor", soltó de pronto. Y yo no supe si se refería al Martini, a mi aspecto físico o al tiempo atmosférico. De pronto, recordé que sostenía un libro entre las manos y se lo mostré, interrogante. "Este bueno" insistió, "pero muy largo, otro más corto y mejor". Me di cuenta, entonces, de que me hallaba ante uno de esos raros especímenes, tan escasos y tan curiosos, de profesionales de baja cualificación, poseedores, sin embargo, de una excepcional cultura (recuerdo haber conocido a un chofer de autobús, experto en cine europeo de posguerra). Quise ponerle a prueba y disparé: "¿no le gustan las novelas largas?". El polaco respondió con un deje de decepción: " no es eso…pero gusto Conrad si es corto, no largo." Me pareció una observación simple pero interesante, y seguí preguntando: "¿Cuál es esa otra mejor que "Lord Jim", y más corta?". "Yo pienso "heart of darkness" mejor, aunque mentira, pero mejor". Me sorprendió el impecable acento inglés junto al desastroso uso del español. Alguien llamó desde el interior del local y el camarero desapareció.
¿Mentira?, ¿a qué se refería ese tipo?, "el corazón de las tinieblas" es pura ficción, pero Conrad lo había escrito  basándose en sus propias experiencias; eso lo sabía todo el mundo. Llamé al polaco con la excusa de pedir otro vermut, y mientras me servía, ataqué de nuevo: "¿por qué mentira?, Conrad estuvo en el Congo, como Marlowe en la novela, y también conoció a Kurtz, aunque con otro nombre". El polaco mostró una sonrisa desdentada y me habló como quien corrige a un colegial torpe: "no, señor, Conrad nunca viajó a Congo, todo invento, todo mentira. Abuelo de mi padre conoció a Mr. Conrad cerca de Canterbury donde vivía." En este punto de la conversación se me atragantó una aceituna y sufrí un ataque de tos que el camarero intentó aliviar con amables golpecitos en la espalda, mientras proseguía con su discurso: " Adam Zielinski,  el abuelo de mi padre, nacido en Lodz, viajó antes Gran Guerra hasta Southampton y después vivió en Canterbury. Trabajo en farmacia. Allí conoció Mr. Conrad, que compraba láudano y opio píldoras. Los dos polacos, los dos solitarios en England. Abuelo de mi padre explicó a mi padre. Mi padre explicó a mi…" De nuevo los gritos desde el bar, y Piotr desapareció, abandonándome en un pozo de perplejidad.
Aquello era inesperado, fascinante y también inverosímil; aunque era difícil no dar crédito a aquel rostro rubicundo de mirada franca y sonrisa incoherente. Cuando lo tuve en el punto de mira, le llamé con un gesto y se acercó. "Me gustaría hablar con usted cuando acabe su turno. ¿es posible?". "Ok, yo voy a comer en Burger en veinte minutos. Usted me espera allá, si quiere, Señor".
Llamé a mi esposa - que sufrió un ataque de risa incrédula cuando supo que iba a almorzar en el McDonald's con un camarero polaco - y me dirigí al lugar de la cita. Mientras esperaba a Piotr en aquel recinto con tufo a refrito me pregunté si no estaría arriesgándome inútilmente en una aventura absurda. Imaginé a mis antiguos alumnos, sorprendidos de ver al viejo profesor de literatura, modelo de rigor y escepticismo, conversando con un charlatán. Y sin embargo, ¿cómo no dejarse atraer por ese supuesto tesoro de informaciones inéditas?, ¿quién podía resistirse a ello?.
El polaco llegó al poco rato. Sin el delantal y la bandeja, el descuido en su aspecto era todavía más notorio. Le recuerdo sentado frente a mí, masticando a dos carrillos y destilando un discurso gramaticalmente atroz pero perfectamente comprensible. Finalizó la hamburguesa y la coca-cola al mismo tiempo que su relato. Yo no probé bocado. Cuando me ofrecí a pagar la cuenta, se colocó en posición de firmes y saludó solemnemente, inclinando la cabeza. Después desapareció. Al día siguiente pregunté en el bar y me dijeron que el polaco se había marchado sin despedirse. No le volví a ver durante el resto de mi estancia allí.
La crónica de Piotr se puede sintetizar asi: Zielinski, polaco emigrado a Inglaterra, trabajó de boticario  en Bishopsbourne, cerca de Canterbury. Allí conoció a Joseph Conrad, que acudía regularmente a la farmacia para procurarse opio, del cual era habitual consumidor. Al parecer, ambos polacos intimaron hasta el punto de concertar alguna cita y conversar en su idioma natal mientras paseaban por los alrededores. Entre las confidencias que el bisabuelo de Piotr recibió del escritor, destaca la revelación de que algunas de las obras surgidas de su pluma - entre ellas "el corazón de las tinieblas" o "la linea de sombra" - nacieron de los ensueños del opio y no de su experiencia personal. Conrad, por tanto, jamás se habría internado en el río Congo, ni habría contraído las fiebres de la selva. Tampoco habría conocido a Kurtz o a su inspirador, sino que lo habría construido bajo los efectos de los narcóticos. Evidentemente, tal afirmación suponía que Conrad había falsificado datos de su propia biografía para dar visos de autenticidad a sus novelas.
Cuando, al cabo de unos días, mi esposa consideró suficientemente maltratada su piel y nuestro bolsillo, dimos por finalizadas las vacaciones. De nuevo en casa, acunado por mi amada rutina de jubilado, reflexioné sobre si era o no pertinente compartir mi secreto y consideré, finalmente, que el riesgo era demasiado alto; sin pruebas - y sin mucha convicción, la verdad - era fácil convertirse en el hazmerreir de los viejos colegas. Me faltaba, además, la voluntad y la energía suficientes para inspeccionar la trastienda desmitificadora de un escritor sagrado. A mi edad, la verdad no difiere mucho de la mentira.
Quiso la casualidad que al cabo de unos meses recibiera una llamada exaltada que acabó por extinguir del todo mis inquietudes respecto al episodio del camarero polaco. Desde el otro lado de la línea telefónica, un antiguo compañero de cátedra, jubilado como yo, parecía estar al borde del infarto:
" No te lo vas a creer. El otro día tuve el trayecto de taxi más increíble de mi vida (oye, por favor, esto es confidencial). Un tipo rarísimo pero inteligente. Un taxista culto ¿te imaginas?. Bueno, pues resulta (oye, de momento no te vayas de la lengua) que el tipo era de Praga y llevaba unos años en Barcelona….va el hombre y me suelta con toda naturalidad, que su abuelo vivió en el mismo edificio que Kafka, que le conocía personalmente. Un taxista, ¿te lo puedes creer?, un tipo desdentado por el que no das ni un duro. (oye, esto que no salga de entre nosotros). No le podía dejar escapar ( lo entiendes ¿no?) y le invité a comer. Me contó unas cosas increíbles, de primera mano. ¿Te imaginas? Franz Kafka, nuestro Kafka… Oye, quedamos y te lo explico..."









LA CARTA DE KLAUDIA


F……,   17 de  agosto de 1942

Querido Jarek,

Imagino tu cara de sorpresa cuando recibas esta carta, - Dios quiera que así sea - preguntándote cómo he podido dar contigo. No es ningún secreto: el otro día, el bueno de Piotr, el ganadero, nos trajo noticias de Varsovia; después me llevó aparte y me dijo que te había encontrado y que estabas bien. No sabes cuánto llegué a alegrarme. Aquí en la aldea, los alemanes nos dejan en paz mientras no demos problemas, pero sé que en la capital las cosas son diferentes. Yo pido a nuestro Señor que no te metas en muchos líos, Jarek, porque tu carácter es exaltado y toda prudencia es poca en los tiempos que nos ha tocado vivir.

Hace unos días, Jania, la esposa del intendente y Ludka, la viuda de Konstantin, vinieron a visitarme, preocupadas por mi suerte. Les dije que entre tú y yo no había vinculación alguna desde que pasó lo que pasó, y que para mí era un alivio tu viaje repentino ya que la distancia acostumbra a poner las cosas en su sitio. Las dos viejas asintieron y se alejaron cuchicheando entre ellas, convencidas de que yo ya estaba curada del disgusto y que tú ya no existías para mí. 

Pero la verdad es otra; la verdad es que yo te sigo queriendo, Jarek, a pesar de todo. Y te perdono, te perdono y te quiero. 
Todos desearíamos tachar algunos pedazos de nuestro pasado; esos momentos espantosos que nos persiguen y nos atormentan. Yo daría media vida por borrar de mi memoria aquel instante en que llegué a tu casa y te insulté y te escupí delante de toda tu familia. Recuerdo que permaneciste inmóvil, con la cabeza gacha, aceptando la culpa y el castigo. Pobre Jarek. Ahora te pido perdón por aquello y te suplico que comprendas; no era yo, sino un corazón herido y desesperado el que actuaba así. Después, cuando te fuiste, anduve durante semanas como un alma en pena, paralizada por la rabia y la tristeza. De noche no dormía; repetía tu nombre como una letanía y lloraba, lloraba, lloraba.

Un día se me acabaron las lágrimas y mis padres, aliviados, me vieron retomar las faenas de la casa, como si nada hubiera ocurrido. Yo creo que el dolor es una fiera salvaje; a veces nos devora y otras veces se deja domesticar y vive en el interior de nosotros para siempre.

Y ahora, Jarek, debo explicarte algo.
Tres meses después de que te fueras, el domingo de Ramos por la mañana, los camiones despertaron a la aldea entera. Al poco rato, el barrio judío se llenó de gritos, golpeteo de puertas y trajín de soldados, arriba y abajo. Nadie entendía lo que estaba pasando hasta que, a eso del mediodía, la calle mayor fue ocupada por una muchedumbre que acarreaba bultos y maletas, camino del apeadero. Ninguno de nosotros se atrevió a salir de casa, pero desde las ventanas, ocultos tras los visillos, contemplábamos aquella procesión flanqueada por soldados. La mirada aterrada de los más pequeños y el paso apurado de los ancianos me encogieron el alma.

Cuando las calles quedaron desiertas, algunos vecinos salimos corriendo para ver como acababa aquello. En el apeadero, junto a un convoy de mercancías, un oficial con uniforme negro gritaba órdenes en polaco a través de un altavoz para que la gente fuera ocupando los vagones.  Imagínate, Jarek, a todos los judíos de la aldea, - debía de haber más de  trescientos- agrupados en el terraplén que hay frente al andén y apretujándose como arenques para subir al tren. Todos perplejos, todos jadeando de puro miedo.

Fue entonces cuando Sofia, la modista, que me había acompañado hasta allí, me tomó del brazo y me susurró al oído: ahí la tienes. Pero yo ya la había descubierto entre la multitud; hubiera reconocido aquel rostro aunque se ocultara entre todas las ánimas del infierno. Caminaba junto a sus padres, con una maleta en cada mano, mirando al frente, sin ver; consciente de que jamás iba a regresar de aquel viaje. Me pareció una princesa en marcha hacia el destierro,  y entendí, Jarek, que te enamoraras de aquella mujer, porque era la criatura más hermosa de entre todas las hermosas judías de nuestra aldea, más hermosa que cualquiera de nuestras jóvenes polacas, más hermosa que yo.

Nunca la vi tan bella como en aquella tarde, cuando la miel de su cabello resplandecía entre la masa oscura de hombres y mujeres desesperados. Y aunque siempre la había odiado por el lugar que ocupaba en tu corazón y por su belleza, no la odié en ese momento. En cambio, pensé en ti, Jarek, comprendí que lanzaras por la borda nuestros años de noviazgo, nuestros proyectos de boda, la ilusión de nuestras familias, nuestro futuro, para entregarte a los brazos de aquella mujer espléndida. Cuando se encaramó al vagón y se dejó engullir por las tinieblas, sentí lástima por ti, Jarek.

Mientras el tren se alejaba, Sofía reanudó el cuchicheo (porque ni siquiera en momentos como aquel puede cierta gente resistirse a murmurar sobre los amoríos entre un polaco y una judía): que si dicen que está embarazada, que si parece que su padre la quería rapar al cero pero la madre se opuso, que si el rabino la reprobó públicamente… Yo no quise escuchar más y me fui a casa.

Al anochecer, el suceso fue celebrado por algunos aldeanos. Lo sé porque desde mi cama pude oír proclamas vergonzosas en boca de borrachos y música de baile. Yo pasé la noche en vela, pensando en ti.

Han transcurrido cuatro meses y los judíos no han vuelto; yo no creo que regresen jamás a la aldea. Hay rumores sobre su suerte que me ponen los pelos de punta pero yo no quiero saber nada; bastante padecemos ya con esta guerra como para añadir sufrimiento con chismes y figuraciones.
Ahora el Ayuntamiento tiene intenciones de subastar las mejores viviendas del barrio judío y mi padre se ha interesado por el viejo caserón del herrero Leitner; dice que le gustaría verme viviendo allí, cuando me case.

Pero yo no me casaré nunca, Jarek, porque mi corazón está contigo en Varsovia o donde quiera que tú estés. Tal vez algún día, cuando acabe esta guerra, podamos recomponer nuestras vidas de nuevo, sin obstáculos entre nosotros, libres para realizar todas nuestras ilusiones.

Mientras tanto, Jarek, yo seguiré esperándote.

Que Dios te bendiga y te proteja de todo mal.

Tuya para siempre.


Klaudia.